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Confesiones de polillas y esporas

No decirte la verdad,
100.000 polillas revoloteando en mi boca.
No puedo
contarte una mentira
si tú eres la verdad en estado puro.
No sé qué decir sin  recuerdos,
no sé como sentirme cuando me ahogo,
no sé como hacer para que mis bronquios no se empapen de odio.
 
Me has pillado con el corazón y el estómago llenos de cuchillos y pus y culpa y pena y veneno y antídotos y pólvora y lágrimas sin sal y tantos tipos de drogas diferentes que no sabría decirte cuantos saltos he dado entre la locura y la cordura en las últimas 3 eternidades.

Lo olvidé todo y
no pierdo nada por intentar ganarle la partida a Dios.
Pero yo no creo en la suerte,
nadie me la subrayó en el manual de la vida,
ya sabes de qué manual te hablo,
ese que va impreso en el subconsciente y sobre el que hemos discutido tantas veces,
así que arriesgué el poco saldo que tenía y se evaporó frente a una carta en blanco y un dado sin números.
Un cubo rojo transparente
y pequeño
que guarda el secreto del azar de las esporas
y la fragilidad del hombre.

Todo en dos céntimos de plástico inyectado de aire vulgar
sobre un molde igual de pequeño,
y de vulgar.
Así era de quebradiza la lógica que sostenía algo tan pesado como la suerte y la vida
de las esporas.
¿recuerdas las esporas?

Sé que te conté más de mil símiles entre los juegos de azar y la vida,
sé que te he dicho muchas veces que me encantaría ser una espora
para disfrazar de misterio unos miedos
un ego roto
que nada tiene de solemne,
ni de valiente,
y ya ves,
vuelvo con el mismo cuento que te juré no volver a contar,
otra mentira,
otra de tantas,
otro secreto que guardamos
y cuchicheamos con recelo
las esporas y yo
en nuestros tupidos corrillos
en los que no dejamos
que nadie entre.
 
Te ruego que las perdones de nuevo
a todas las esporas que
van en las patas de 100.000 polillas que
salen de mi corazón y que
vuelan por el aire vulgar y que
persiguen polinizar una flor que se halla estúpidamente distraída mirando a ninguna parte.
Como tú,
como las polillas,
como las esporas,
como todos los que volamos por ahí mecidos
por el viento y
la suerte.

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