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Carmita

A veces, me siento cobarde, creo que tiene sentido, si me comparo con mi bisabuela, que nació hace dos siglos, y tuvo la valentía de lanzarse a la aventura del amor.

Ella se llamaba Guillerma, nació en Tenerife, en las Islas Canarias. Era hija única, de una familia adinerada. Se enamoró de mi bisabuelo Ernesto, un joven bohemio, que le gustaba tocar la guitarra y andar por la vida dando serenatas. Los padres de ella, no estaban de acuerdo con la  relación. Por tal motivo la encerraron en la casa y le prohibieron que se encontrara  con su Tristán. Cuando ella cumplió la mayoría de edad, se escapó con mi bisabuelo, se casaron, tomaron un barco, rumbo a Venezuela y sus padres nuca más volvieron a saber de ella.

Esta historia parece un cuento de hadas; pero la realidad es que al principio todo fue muy bonito. Tuvieron tres hijas: la primera, a los quince años se fue de la casa, copiando el modelo de su madre, la segunda murió a los siete años de difteria, y la ultima y muy consentida, se llamaba Carmen Maria pero le decían Carmita. Era mi abuela paterna y fue ella quien me contó esta historia.

Ernesto, se entregó a la bebida y a tocar su guitarra, por la depresión que le causo la muerte de su hija; mientras que Guillerma, trabajaba haciendo comida para vender y mantener a la pequeña rubia de ojos azules, que era el fiel retrato de su abuela materna. Un día encontraron a mí bisabuelo muerto en plena calle y cuando le avisaron a mi bisabuela, esta  ordenó que lo enterraran donde lo habían encontraron, y no asistió al entierro.

Pero la verdadera protagonista de esta historia, es mi abuela, que fue todo lo contrario a la rebelde Guillerma, que hizo de ella un ser muy dócil. La inscribió en un colegio de monjas, recibió una educación bastante buena para la  época: Sabía mucho de historia de Venezuela,  leía la biblia, era de vota de la Virgen, y rezaba el rosario todos los días. Se casó con el novio que escogió ya que su madre le decía, que con la cuchara que escogiera, con esa iba a comer. Conoció a mi abuelo en una comparsa de carnaval: ella estaba asomada en la ventana de su casa disfrutando del evento, cuando mi abuelo que se llamaba Jesus, la vio y Cupido flecho. Tuvo seis hijos, fue una esposa abnegada, se desvivía por su familia. Parecía que era feliz.

Carmen María Hernandez Perez era su nombre de pila, nació en caracas, en la época de Juan Vicente Gómez.

Guillerma, vio nacer a todos sus nietos y se despidió de esta vida, tranquila ya que nunca se sintió culpable por lo que había hecho.

Carmita, quería mucho a su hermana Anita, que pasada la furia de la fuga amorosa, regresó a la casa, se volvió a enamorar de un caballero llamado Jorge y se caso con él. Según contaba mi abuela él era muy mujeriego y la tía Anita muy celosa. No tuvieron hijos, Anita lo amaba tanto, que siempre le advertía, que el día que ella muriera, se lo llevaría, ya que desde el cielo no iba a poder vigilarlo. Y así sucedió: la tía Anita fumaba mucho y murió de cáncer en la garganta. Un año después, murió Jorge de un infarto al miocardio.

Mi abuela quedó, sin más familia que su esposo e hijos. Tenían un hogar bonito, donde mi abuelo era el rey.  Él le fue infiel y tuvo un hijo fuera del matrimonio, pero mi abuela se quedó tranquila; después que  murió mi abuelo, quiso conocer a mi tío que se llamaba Edgar y este se encariño con ella, con sus hermanos  y pasó a ser parte de la familia.

Mi padre era el segundo de los hijos, según mis tíos, el más consentido. Cuando mi papá, me entrego a mi abuela, yo tenía once meses.  Recuerdo que antes de desarrollarme, tuve un pequeño conflicto existencial. Un día, guarde mis pertenecías en una maletita que saque de un armario que estaba full de ratones y sin decir nada, salí sigilosa sin que nadie me viera y llegue a la casa de mis padres , bañada en lágrimas ,porque quería vivir con ellos y con mis hermanos en especial , Fernando Ernesto que dicho sea de paso, le pusieron el nombre de mi bisabuelo ya que  Guillerma, le había prohibido a Carmita que se lo pusiera a sus hijos.

Pero el idilio, duro un día ya que en primer lugar, no me gustó la manera de vivir de mi nueva familia y en segundo lugar, mi abuela estaba tan triste rezando su rosario, que cuando la vi sufriendo,  se me partió el corazón, entonces regrese a la casa, la abrace, di por concluido el conflicto y le di valor a mi abuela,  que con tanto amor me había criado desinteresadamente. Ella era mi sol.

Mi abuela, era un personaje muy interesante, amaba a los animales y le  abría  las puertas de la casa a todo ser humano. Por su casa desfilaban a comer los pordioseros, borrachos, choferes de autobuses  y  lolo el loco de la cuadra. También era muy solidaria con sus amigas y les escuchaba  todos sus problemas. Todas las tardes, mientras ella tejía, llegaba  alguna de las señoras, se sentaba a su lado como si fuera un confesionario, a contarle los sucesos de sus vidas. Por ejemplo: La señora, que vivía al lado,  estaba casada y tenía dos hijas: a la mayor  le decían la nena y a la menor  yalita. Marcela, así  se llamaba la vecina, tenía una sobrina que vivía con ellos y la gente murmuraba, que al esposo de esta le gustaba la jovencita. Una semana santa, como de costumbre, Marcela  se fue a la procesión del Nazareno y cuando llegaron a la iglesia de santa Teresa, una voz grito, fuego y hubo un desorden tan grande, que terminó  en tragedia y murió mucha gente, también Marcela, dejando a sus dos hijas huérfanas.

El esposo, no guardo luto, y más rápido que inmediatamente, se casó  con la sobrina, la cual resulto, ser la madrasta del cuento de Perrault.

La vecina de enfrente, tenía una sobrina muy bonita, que se parecía a María Felix. Se llamaba Julia: se casó con un hermano del esposo de  la cuñada de mi abuela, tuvieron dos hijos un varón y una hembra, años más tarde se divorciaron. Después  de ese fracaso, la mujer tuvo dos hijas de padres diferentes. La  gente murmuraba que el hijo mayor abusaba de sus dos medias hermanas.  Creo, que era verdad, porque aunque yo solo tenía once años y no sabía de qué estaban hablando, las mismas niñas, que eran mis amigas, me contaban que su hermano era muy cariñoso con ellas, que dormían juntos y se daban besos en la boca. La familia de Julia la   criticaba  mientras que mi abuela, la aceptaba en su casa, pasaban las tardes hablando, tomando cafe y tejiendo macramé. Un día apareció un príncipe azul,  llamado  Sebastián y  Julia se casó de nuevo y fue muy feliz en su matrimonio con sus seis hijos, los dos últimos del nuevo compromiso.

La otra vecina, era un alma de Dios, pero muy  trágica. Cada vez que llegaba a la casa de mi abuela, mis tíos decían: ya llego la señora Martínez   jajajaja  que tragedia traerá a cuestas. Pero mi mama, que así era como yo le decía a mi abuela, los regañaba aludiendo que no era motivo  de risas ya que la señora  Martínez era una santa, que no tenía la culpa de lo que le pasaba, más aun cuando se trataba de enfermedades y muertes.

La señora  Martínez, era viuda, regordeta, vestía de negro porque siempre estaba de luto. Tenía tres hijos Lucia,  José  Felix  y José  Carlos.  Lucia: se  casó muy  joven y tuvo dos hijas que se llevaban un año.  La mayor  se llamaba  Zulay al nacer la segunda, que se llamaba Glena, le descubrieron un cáncer terminal en los senos,  no pudo darle pecho a la niña y antes de que esta  cumpliera un año, murió.  Mi mama me contaba,  que Lucia había sufrió mucho debido a la penosa enfermedad. La señora Martínez con el dolor tan grande de haber perdido a su hija tuvo que hacerse cargo de las nietas.

José  Felix era un dechado de virtudes, trabajador  responsable, excelente hijo. Ayudaba a su madre económicamente en la crianza de las niñas y las protegía. Se casó con una mujer muy linda que se llamaba Cielo: tenían tres hijos. Cielo era de la generación de mujeres que comenzó a trabajar fuera de casa, tenía un cargo de secretaria ejecutiva, en un ministerio. En repetidas oportunidades, Cielo, había llegado tarde a su casa,  porque tenía mucho trabajo y Jose Felix  se molestaba. Una tarde cuando estaba oscureciendo, en vista de que  Cielo no había llegado, José Felix  decidió esperarla en la puerta del edificio donde vivían; se sorprendió al verla bajar de un auto y despedirse cariñosamente de un individuo. Ella no había visto a Jose Felix porque este al ver lo sucedido, decidió subir solo, metió a los niños en una habitación y cuando Cielo entro al apartamento, le pego un tiro y la mato en seco.

Cumplió la mitad de la condena, porque lo indultaron por buena conducta. Y años más tarde, se casó de nuevo.

Por otra parte la hija mayor de Lucia, comenzó a tener  unos dolores de vientre muy fuertes y con solo catorce años, murió de cáncer en el útero.

Otra vecina vivía dos casas antes de un prostíbulo al lado de la casa de Julia. Era la familia  Gonzalez. Tenían seis hijos, el padre de familia era guardia nacional y la esposa, trabajaba en un colegio público de asistente de limpieza. Tenían una familia bonita todos los hijos eran de ojos azules y la menor que se llamaba Norka,  era mi mejor amiga. Cuatro mujeres y dos varones. Las chicas eran muy  hacendosas; estudiaban secretariado comercial y se graduaron con honores; pero el tercero que se llamaba Frank, andaba en malas juntas, no estudiaba ni trabajaba y un día, les allanaron la casa, encontraron drogas y se lo llevaron preso. Desde ese momento, comenzó el viacrucis para la familia, la señora Gonzalez presa de una profunda depresión, perdió la memoria y la internaron en el psiquiátrico de Bárbula  en la ciudad de Valencia Venezuela  hasta el final de sus días.

La vida continuaba, sin penas ni glorias, en la casa de mi abuela, que todos los días se enteraba de un nuevo acontecimiento. Pero ella, todas las tardes con su rosario en la mano, le pedía a Dios y a la virgen, por su familia y por los  vecinos.

Mi abuela, tenía muchos nietos y todos la querían. Como buena hija de  Guillerma, cocinaba muy bien, hizo cursos de dulcería criolla, complacía a cada uno de sus nietos con el que más le gustaba. A mí me encantaban todos. Se graduó  de repostera profesional. Fue pionera en tortas de matrimonio, bautizos y cumpleaños. Ella misma hacia las flores en  patillaje, el fondán y los muñecos que llevaban las tortas. Tenía un cuarto full de moldes de aluminio, con diferentes formas, mas los moldes de yeso, donde esculpía con mucha finura, los personajes que  representaban el motivo de la celebración;  una enorme  mata de esparraguillos que era mi amiga, ya que yo, era la encargada de despojarla de sus lindas ramas. A mí, en particular, me encantaban las parejas de novios, que mi abuela colocaba en un pedestal al final de la torta de cuatro  o más pisos según, el gusto de los contrayentes. Ya terminada la obra de arte, yo la contemplaba minuciosamente, sobre todo, me enfocaba en aquellos novios, que se veían tan felices, me mataba la curiosidad, por saber, quien se ganaría el dije de oro, que estaba incrustado en una cinta de raso blanca de varias que estaban alrededor de la segunda torta.

Como dije antes, ella parecía ser feliz, si algún acontecimiento irrumpía la paz familiar inmediatamente, tomaba su rosario, dirigía una plegaria al cielo, concluía siempre con señor hágase tu voluntad, todo es tuyo tu das y  quitas cuando lo consideras necesario. No le gustaba hacer promesas, nunca vistió a sus hijos de nazareno e iba a la iglesia solo a celebraciones o a misas de difuntos para cumplir.

Decía que los refranes y proverbios eran sabios y siempre tenía uno para cada ocasión. Lo mejor siempre es lo que sucede, quien sabe de qué nos estará librando Dios. Recuerdo un cuento que siempre salía a colación cada vez que alguien se quejaba de la injusticia de Dios. A mí se me quedo grabado en la memoria, siempre lo tuve presente, en la crianza de mis hijos.

Había una mujer, que lloraba sin parar por la muerte de su hijo, que había fallecido, de una enfermedad viral. La madre, despotricaba de Dios todos los días. Una noche tuvo un revelador sueño. Como si fuera una película, vio como hubiera sido, la vida de su hijo si no se hubiera muerto. El hijo era muy ambicioso, siempre le decía a su mama que iba a ser rico, soñaba con tener un palacio, decía que Dios era injusto, porque algunos tenían mucho y ellos eran pobres, por lo tanto iba a hacer todo lo que pudiera, para salir de la miseria. He aquí el sueño: Su hijo andaba en malas juntas, se le había presentado la gran oportunidad de su vida, de ser mula. Pasó el primer paquete de cocaína, gano mucho dinero y comenzó a tener la vida  que añoraba  Su madre, que no sabía la procedencia del mismo, se sentía orgullosa de él.  Hasta que un día, no pago la vacuna acordada, y lo ametrallaron llegando a su casa, por ajustes de cuenta. Ella que lo estaba esperando en la puerta, presenció el hecho y justo en ese momento despertó de la horrible pesadilla, alabó a Dios y le pidió perdón por haber sido tan injusta con él.

Mi abuela era la fe personificada, mi papa a los trece años tuvo un ataque de epilepsia, pasó doce años con las crisis. Pero mi abuela decía que se iba a curar, que era cuestión de tiempo, que Dios le haría el milagro cuando menos lo esperara. Mi papa se curó: el último ataque lo tuvo una semana después de nacer yo.

Con una vida tan larga como la que Dios le dio, es de suponer que tenía  muchas anécdotas, que serían motivo de una biografía, pero yo solo quise, enfocarme en la sabiduría de ella para hacer de la vida más placentera. Nunca la vi llorar o desesperarse por que no encontraba la solución a un problema, solo una plegaria al cielo y era cuestión de tiempo.

Murió un mes antes de cumplir los ochenta y siete años, de un infarto, no se enteró porque que estaba dormida.

Muy espiritual, así, era mi abuela.

Celeste  Bello

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