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Calabobos (1)

Calabobos tenía todo lo que debe tener un pueblo para ser considerado como tal: una iglesia, un ultramarino,-situado al lado de un bar y de nombre el penalti- y un banco, que compartía pared con la tienda. También, claro, había un burdel, decentemente retirado del centro, y, por descontado, un loco, como en todos los pueblos, al que llamaban Chan y apodaban “el caballero andante” porque, el pobre, estaba tan chalado que todo su afán consistía en pasar el día de arriba a abajo paseando por delante de todos los lugares anteriores, empezando por la iglesia y finalizando en el prostíbulo donde, cuando llegaba, encogía los hombros, daba media vuelta y se disponía a deshacer el camino, en dirección de nuevo a la iglesia. Casi todos ignoraban el por qué lo hacía, pero en realidad no importaba, porque a la mayoría les parecía bien. Al fin y al cabo, Calabobos era un pueblo tranquilo y de vida simple, de esos en los que las costumbres, como la que tenía su loquito, eran siempre vistas con agrado.

O al menos, así había sido hasta poco tiempo atrás.

El último trimestre del año fue de mucha excitación en Calabobos y sus escasos cien habitantes –mil en verano, se empeñaban en decir sus habitantes a los extranjeros cuando les preguntaban– porque presentían grandes cambios en el horizonte. Se mascaba en el ambiente. Y es que, a pesar de la legendaria paciencia que caracterizaba a los lugareños, capaces de aguantar, impertérritos, horas y horas bajo la lluvia propia del pueblo –de ahí su nombre-, ellos, los habitantes de Calabobos, creían haber sido abandonados por el mundo exterior.

Algo de razón tenían, por supuesto. En verdad, les hacían poco o ningún caso y esto ocurría porque nadie sabía a ciencia cierta si el pueblo pertenecía a Aragón o, en cambio, a la vecina Cataluña. Y es que tenían la mala fortuna de estar ubicados en la misma frontera del mapa y eso llevaba aparejadas desgraciadas consecuencias para los calobobanos. En efecto, ambas comunidades autónomas parecían evitarles, como si fueran apestados, y no invertían en la zona. Un ejemplo sangrante de esto eran las carreteras. Al este del pueblo, hasta unos cinco kilómetros del mismo, llegaba la comarcal A-1002, flamante, pagada con fondos europeos, e impecablemente asfaltada que, por desgracia, terminaba de forma abrupta, transformándose, a las afueras de la localidad, en un escarpado pedregal. Y es que las autoridades decían que no era a ellos a quienes les correspondía acabar la obra, si no a los catalanes que, ya se sabe, tópico manda, no querían apoquinar. Por su parte, al oeste de Calabobos, la regional CAT-8008 desembocaba igualmente en un arroyo cercano sobre el que nadie había construido un puente porque, supuestamente, le correspondía a otros levantarlo. Y, entre unos y otros, los habitantes de la localidad sentían que no se les quería como ellos merecían. Y, claro, estaban enfadados.

A pesar del cabreo, y conociendo el espíritu manso de los ciudadanos, nada hubiese ocurrido en Calabobos si Antonio Calleja, de los Calleja de toda la vida, la familia más antigua y numerosa, no hubiese estudiado en Barcelona. Es que en la ciudad, pues ya se sabe, uno ve cosas y te meten ideas y algunas son peores que otras. Fuera como fuese, el caso fue que Antoñito, como le llamaban, había vivido un tiempo en el barrio de Gracia y entre que se aficionó a las fiestas de la Mercé, que le dio por la filosofía y estuvo liado con una joven anarquista, pues que aprendió que había gente que pensaba que la independencia era la solución para sus dificultades. Y él, que siempre había tenido ínfulas y mucha imaginación, pensó que Calabobos no merecía menos que Cataluña y que el disgusto de sus paisanos, motivado por la falta de cariño de las regiones con las que limitaba, podía arreglarse con una buena independencia.

Era buena idea, pero las cosas no empezaron bien. Aunque Antonio Calleja creía haber dado con la panacea que haría mejor la vida de su gente, el recibimiento que obtuvo en Calabobos fue tan frío y despiadado como el azote de un día de Cierzo. Este es un listo, pensaron los que le escuchaban. Todos, menos Chan, el caballero andante, que cuando le oía, detenía su camino brevemente y sonreía, para luego salir escopetado a recuperar el tiempo perdido.

Pero claro, como Calleja pertenecía a la mejor familia, y tenía muchos primos en el pueblo y, además, el jodío estaba leído, siempre había tenido buena labia y la realidad era tozuda y era cierto que nadie les hacía caso, pues la idea fue calando, poco a poco, como la lluvia de la región. Así que, pasado el verano, unos decían que sí, y otros decían que no, como la canción y las posturas fueron encontrándose cada vez más, hasta que no pudieron ponerse de acuerdo. Y tanta tensión hubo, que las muchas escopetas de caza que había en el pueblo se volvieron a engrasar, más que nada, por si había otro 36.

Sin embargo, la sangre no llegó al río, ni tampoco al inexistente puente, porque nadie estaba por los tiros y, además, Antonio era listo como la misma hambre y las había visto de todos los colores. Así que, astuto como un zorro, sembró otra semilla entre sus convecinos que, hoja a hoja de calendario, les repetía sin cesar. Era inútil discutir entre ellos -les decía-: lo mejor es votar. Había que convocar elecciones, porque, argumentaba, la gente tenía derecho a decidir y expresar libremente su voluntad.

Y para conseguir lo que quería, se esforzó, sobre todo, en convencer a las madres del lugar, que de por sí estaban bien dispuestas a escucharlo porque no querían riñas. Y, una vez persuadidas, -lo que dicen las madres va a misa, como todo el mundo sabe-, cesó la discusión y Antoñito volvió a salirse con la suya.

Además, por esos azares de la fortuna y, aunque algunos continuaban enarcando una ceja de digusto ante la propuesta, la ocurrencia entusiasmó al alcalde del pueblo, Alberto Listo, un pájaro con causas pendientes por trabajar en favor de su patrimonio y en detrimento del erario público. De la noche a la mañana, aquel hombre, que había sido el representante de la legalidad vigente, cambió de bando, de partido y de chaqueta. En honor a la verdad, a pocos en Calabobos sorprendió este hecho, puesto que, en caso que ganase el sí, Listo se convertiría en el presidente en funciones con, por supuesto, la inmunidad diplomática propia de la dignidad del aquel cargo.

Total que, pasito a pasito, como los daba Chan, la maquinaria burocrática empezó a rodar y las posturas se dividían entre los más que defendían que tenían derecho a gobernar su futuro sin injerencias de fuera y los menos que pensaban que vaya lío, que menudo barullo.

Y entre una cosa y otra, llegó el domingo fijado y todos hicieron cola ante el bar, improvisado colegio electoral, para depositar la papeleta en una urna que, hasta la fecha, siempre había servido para guardar las apuestas de la porra los días de partido. Y, para sorpresa de algunos maldicientes, todo fue bien. La jornada transcurrió sin incidentes reseñables y con exquisita normalidad democrática, como correspondía. Únicamente hubo que lamentar un breve retraso en el cierre del colegio, puesto que tuvieron que esperar a que Chan hubiera completado su recorrido de ida y vuelta y, de nuevo, pasara por allí.

Cuando este breve inconveniente estuvo solventado, y una vez recontados los votos, a eso de las nueve de la noche, Antoñito, a modo de portavoz, leyó los resultados ante una multitud de casi cien personas –hubiesen sido mucho más en verano- que deseaba ansiosa conocer el qué les depararía el destino.

Con voz grave, Antonio Calleja, empezó explicando el contenido del referéndum que habían celebrado con tanto éxito.

-Os recuerdo que había tres preguntas. La primera: ¿Quiere usted que Calabobo tenga estructura de Estado?, en caso de votar afirmativamente, se podía votar las dos siguientes: Si es así, ¿quiere que sea un Estado independiente? Y, por último, ¿está de acuerdo con la siguiente lista de personas para que formen un Gobierno de concentración nacional que formará el nuevo Estado?

-¡Antoñito, deja el rollo y al grano! ¡Brasas, que eres un brasas¡- gritó desde el fondo del bar, honrando su apellido, Carlos Garrulo, orgulloso campesino, todo callos en vez de sesos.

El interpelado se molestó ligeramente, pero Garullo, tenía razón, la cosa estaba poniéndose espesa. Habían sido muchas horas desde que empezaron las votaciones. Así que el gentío comenzó a murmurar, de acuerdo con el hombre, y cansada de esperar todo el día.

-Está bien, está bien- les calmó Calleja.-Los resultados son los siguientes: Votos totales, cien. Votos válidos, 99. Garrulo, -dijo en tono condescendiente- tu voto no cuenta, no está permitido pintar obscenidades en la papeleta.

El susodicho estalló en una sonora carcajada, encantado con su ocurrencia, pero la fue reprimiendo, poco a poco, al advertir la mirada reprobatoria de los demás. Al fin y al cablo, éste era un asunto serio y, además, era tarde y había que terminar de una vez, que mañana era lunes y se madrugaba, como Dios manda.

-Sigamos: No, veinte por ciento. Si-Si, veinte por ciento. Si-Si-Si, sesenta por ciento. Queda aprobada la moción. Calabobos será un Estado independiente.

De forma inmediata, la parroquia prorrumpió en un sonoro aplauso, intercalado por diversos “hurras” y una gran emoción que fue oportunamente remojada en una ronda de licores gratis que Hugo Tendero, el camarero del bar, tuvo a bien servir a cuenta de la casa. Todos estaban felices.

El estruendo fue tan grande que Chan, el caballero andante, no pudo por menos que detenerse un segundo en mitad de la calle y mirar hacia atrás, al bar penalti, de donde procedía semejante tumulto. Y cuando entendió lo que ocurría, sonrió. Después, acosado por una urgencia que sólo él entendía, volvió a apretar el paso, dirigiéndose hacia la iglesia de Calabobos, únicamente acompañado por la fina lluvia que empapaba aquella noche.

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