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Avelina Cifuentes

Doña Avelina Cifuentes vive en un pueblo de la Campiña sevillana, con una población de unos doce mil habitantes, que cuenta con tres iglesias, un pequeño museo arqueológico, por estar emplazado en una zona rica en yacimientos romanos y árabes, una ermita del siglo XVIII consagrada al patrón del pueblo, San José, un convento de monjas carmelitas, las ruinas de un castillo medieval del siglo VIII y una bonita plaza plena de sabor histórico. Es uno de esos bonitos pueblos andaluces de casas blancas con los tejados de tejas árabes, de los que hasta hace pocos años aún conservaban las calles empedradas con cantos rodados para que no resbalasen las pezuñas de las caballerías, uno de esos pueblos que se despierta muy temprano y a la salida del sol ya huele a heno, a establo de caballos y a pan recién tostado, uno de tantos  pueblos con una economía basada en la agricultura, en el que la población está constituida mayoritariamente por braceros y que conserva las costumbres y tradiciones propias de los asentamientos agrícolas, donde la clase dominante es la descendiente de aquellos caciques terratenientes que durante siglos han dominado la política de los pueblos andaluces y han controlado, junto con las autoridades eclesiásticas, la vida privada de los ciudadanos.

Es en esta clase social donde hemos de encuadrar a doña Avelina que, aunque ya no es una latifundista como lo fueron sus abuelos, todavía posee varias casas en el pueblo y una buena cantidad de tierras que tiene arrendadas a aparceros y que le proporcionan unos sustanciosos ingresos. La casa donde vive, acompañada de su criada Rosario, es un ejemplo clásico de la arquitectura doméstica sevillana de finales del siglo XVIII; cuenta con doce habitaciones de altos techos que se distribuyen en dos plantas alrededor de un patio central situado tras el zaguán de entrada, del que lo separa un clásico cancel de forja artística hispalense rematado con un arco de medio punto también de forja, en cuya base aparece la fecha de 1789, año de construcción del edificio. El patio, típico sevillano, está cubierto por una montera de cristal y se encuentra solado con baldosas hidráulicas alternadas con olambrillas decoradas de cerámica trianera, en cuyo centro se sitúa una fuente con una taza, que dibuja una estrella de ocho puntas, alicatada de azulejos moriscos y, en su centro, una columnita de mármol, torneada y coronada por tres pitorros surtidores; alrededor de la fuente se agolpan gran cantidad de macetas con plantas de interior que dan al conjunto un vivaz colorido y crean, junto con el perfume de las plantas y el continuo rumor de los chorros de la fuente, un agradable ambiente que transmite al visitante una sensación de paz y frescor. En la planta baja un corredor discurre alrededor del patio, bajo la galería que bordea cerrando la planta alta, desde el que se accede a todas las habitaciones de esta planta. Al fondo del patio se ve una amplia escalera de mármol, con baranda de forja trabajada primorosamente, que da acceso a la galería de la planta superior desde la que, al igual que en la planta baja, se accede a todas las habitaciones de esta planta. La fachada es clásica, simétrica, en cuyo centro se sitúa una gran puerta de madera de roble de dos hojas, tachonada de clavos de bronce, coronada por el blasón de la familia Cifuentes, constituido por un escudo de armas con cinco armiños de sable, bordura de gules y ocho aspas, flanqueada por dos falsas columnas estriadas rematadas con capiteles dóricos y, sobre el conjunto, en la planta alta, se abre un amplio hueco de balcón con baranda de forja, sobre el que se extiende un tejadillo de pizarra soportado por ménsulas también de forja. En cada una de ambas plantas asoman seis ventanas con rejas de forja a juego con la baranda del balcón, flanqueando, tres a tres, tanto al balcón como al portón de entrada.

Doña Avelina se despertó aquella mañana más temprano que de costumbre. Eran los primeros días de Junio, empezaba a hacer calor y amanecía antes. Aquel enorme dormitorio era la pieza más emblemática del viejo caserón que ha sido la casa familiar desde hace más de doscientos años; una gran cama con un dosel de caoba soportado por cuatro columnas salomónicas y con un cabecero decorado con dos cabezas de hoplitas griegos que se miran entre sí, presidido por  un crucifijo de madera barnizada en marrón muy oscuro con la talla de un sangrante Cristo medieval; en la pared de la izquierda, tras una pesada cortina de terciopelo rojo sangre, se encuentra una puerta de dos hojas, con cristaleras de palillería, que se abre al amplio balcón corrido que se asoma a la plaza principal del pueblo; en la pared frente a la cama cuelga un oscuro cuadro con el retrato de un caballero con monóculo, sentado en un sillón de respaldo alto y ricamente tallado, con las piernas cruzadas, ataviado con levita y un bastón sobre el que se apoya con ambas manos al tiempo que sostiene una chistera y que devuelve la mirada desde cualquier ángulo que se le observe; a ambos lados del cuadro cuelgan sendas repisas con los bustos de un Corazón de Jesús y del papa Pio XII y, debajo, un mueble peinadora con espejo de cornucopia y una butaquita tapizada con terciopelo, a juego con las cortinas y con la cubierta del dosel, flanqueada por dos butacas descalzadoras también tapizadas a juego; en la pared de la derecha reposa un pesado armario ropero, también de caoba, con seis puertas talladas con motivos florales y hojas de acanto, separadas entre sí por esbeltas columnitas estriadas y rematadas con pequeños capiteles jónicos. A ambos lados de la cama se extienden sendas alfombrillas muy mullidas decoradas con arabescos.

Se desperezó, se restregó los ojos para despejarse la visión y miró el antiguo y aparatoso reloj despertador de doble campana que se encontraba en la mesita de noche de su derecha; eran las ocho menos cuarto. Llamó a Rosario, la sirvienta, pulsando la perilla que colgaba en la misma mesita de noche, se incorporó, superpuso los dos almohadones y arrellanó sobre ellos el cuello y la nuca hasta encontrarse cómoda. Desde su posición podía ver una gran parte de la plaza a través de los cristales del balcón, pudiendo observar el ajetreo de la gente que transitaba: algunas mujeres que se dirigían al mercado tirando de sus carritos de la compra, el panadero con las puertas traseras de su furgoneta abiertas llamando a gritos a una vecina para que saliera a recoger su pan y uno de los bancos que rodean la plaza ocupado por tres hombres mayores que fumaban y conversaban animadamente iluminados por la dorada luz de los primeros rayos del sol naciente.

Doña Avelina tiene sesenta y tres años pero aparenta algunos menos. El tiempo no la ha tratado mal; su rostro solo presenta dos leves arrugas en la frente, unas incipientes bolsas bajo sus ojos, algo de descuelgue en la papada y unos pequeños pliegues que comienzan a formarse en las comisuras de sus labios. Sus ojos, grandes y marrones, destacan sobre la blanca piel de su cara. Luce una hermosa y espesa melena de cabellos grises, entre los que ya abundan los blancos y que siempre se negó a teñirlos, que peina pulcramente por la mañana llevándolos hacia atrás y partiéndola en dos con una gran raya en medio, haciéndose un recogido en la nuca que adorna con una redecilla, y que cada noche la suelta libremente, después de cepillarla durante un buen rato sentada frente al espejo de la peinadora, antes de arrodillarse en una de las alfombrillas, con la mirada extasiada en el crucifijo del cabecero, para rezar sus oraciones antes de acostarse. Incorporada en la cama, vestida con un camisón rosa con pechera de blonda, que deja ver una fina cadena y un crucifijo de plata, bajo una sábana de seda blanca con el embozo rematado con una puntilla y con su cabellera suelta sobre los almohadones, también de seda blanca y con los bordes de las fundas igualmente rematados con puntillas, se la veía radiante.

Sonaron unos golpecitos en la puerta del dormitorio y, tras el permiso de doña Avelina, entró Rosario empujando un carrito en el que, sobre una fuente oval de porcelana blanca decorada con las letras doradas CB en caligrafía inglesa, iniciales de los apellidos de su familia, Cifuentes Buendía, portaba un antiguo juego de café de plata repujada, unas tostadas y dos pequeñas salseras, también de porcelana y a juego con la fuente, con mantequilla y mermelada de ciruelas.

Tras el desayuno y su posterior aseo personal, se vistió de negro riguroso, como cada día desde aquel en que enviudó hacía ya siete años, y se dispuso para acudir a la misa de las nueve.
 

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La plaza principal del pueblo es de planta rectangular con su eje longitudinal en dirección norte-sur y a ella desembocan cuatro calles que acceden en sus cuatro ángulos. En ella se ubican las mejores casas del pueblo, entre las que encuentra la de doña Avelina que, flanqueada por otras dos, también de familias de rancio abolengo, conforman la fachada norte; la fachada sur la cierra el edificio del Ayuntamiento, construido en dos plantas con piedra de sillería, con un balcón corrido en la planta superior y una torrecilla con reloj de esfera luminosa; la fachada este la ocupa la iglesia mayor, advocada a Santa María la Blanca, de estilo mudéjar, célebre por su espléndida cubierta artesonada, que fue mezquita hasta mediados del siglo XIII y, tras la Reconquista, primero se dedicó a sinagoga y posteriormente fue adaptada al culto católico mediante la construcción de un campanario sobre la coronación del alminar, la construcción de las portadas frontal y lateral mediante arquivoltas de arcos apuntados de piedra tallada y la sustitución del mihrab musulmán por un ábside que alberga el altar mayor y que, a finales del siglo XVII, fue decorado con un magnífico retablo barroco; la fachada oeste la forma un conjunto de seis casas de dos plantas de manufactura más moderna, aunque todas ellas son de finales del siglo XIX o principios del XX y superan los ochenta años de edad. En el centro de la plaza hay una bonita fuente con pretensiones de monumental, con una taza circular de granito rojo y en su centro cuatro cariátides de mármol blanco que sostienen una segunda taza más pequeña, también de granito rojo, circular con los bordes lobulados, coronada por un angelote meón; seis bancos de hierro fundido sombreados por acacias y un parterre plantado con celindas, lantanas y abelias corre entre banco y banco bordeando el perímetro de la plaza.

Para doña Avelina, el camino desde su casa a la Iglesia consistía tan solo en recorrer una veintena de metros para cruzar la plaza. Desde el instante que asomaba en su portal hasta que desaparecía del campo de visión, doña Avelina captaba la atención de todos los que circulaban por la plaza en ese momento, sobre todo de las mujeres. Su andar pausado, distinguido y señorial, con pasos decididos, ni cortos ni largos, su espalda recta y su mirada limpia, así como la elegante solemnidad de su vestimenta, despertaba la admiración de todos y, sobre todo, los comentarios de las mujeres.

Aquella hermosa mañana anunciaba un día luminoso, la temperatura ambiente era muy agradable, las acacias y los parterres estaban en flor, perfumando el aire intensamente y dando a la plaza un colorido abigarrado; tal vez fueran estas las razones por la que doña Avelina se encontraba esa mañana especialmente animada o más bien podemos decir eufórica.

En los poco más de veinte metros que la separaban de la Iglesia se tuvo que parar dos veces a devolver los saludos de los transeúntes y, cuando al fin alcanzó la puerta del templo, siguiendo su costumbre diaria, depositó una moneda en el cestillo del indigente que, allí sentado en el suelo, pedía caridad a los fieles desde hacía bastantes años; pasó al interior, se dirigió a la pila de agua bendita, mojó en ella el pulgar de la mano derecha y se persignó muy lenta y parsimoniosamente, mirando fijamente al altar, signándose frente, boca y pecho para terminar santiguándose.

Se dirigió por el pasillo central hacia el banco delantero de la izquierda donde ya estaban acomodados, como cada día, don Ernesto el boticario, don Sebastián el alcalde y su esposa doña Consuelo que le guardaban el sitio, aunque aquello era innecesario, ya que a ningún parroquiano se le hubiera ocurrido ocupar aquel banco, que de hecho estaba tácitamente reservado a las fuerzas vivas del pueblo. De todas formas, doña Avelina tampoco quería sentarse en ningún otro sitio que estuviera más alejado del altar porque padecía de un problema que había afectado desde siempre a la mayor parte su familia: sufría de sordera, y si se le agotaba la batería de alguno de los dos audífonos que portaba tendría dificultades de comprensión de lo que escuchaba ya que, con un solo aparato, su nivel de audición bajaba ostensiblemente. Hacía muchos años que usaba dos audífonos que, si bien en un principio eran externos y aparatosos, de esos que se sitúan tras el pabellón de la oreja, viéndose obligada a cubrirlos cuidadosamente con sus cabellos, en el momento presente, con el correr del tiempo, la técnica había ido miniaturizándolos hasta hacerlos tan discretos que, una vez introducidos en el interior de los oídos, no se apreciaban desde el exterior, circunstancia esta que ponía a salvo su coquetería femenina y le permitía peinarse con plena libertad. Por cierto que, viendo a don Ernesto allí sentado, recordó que había quedado citada con él en la farmacia a las diez de la mañana para recibir una nueva pareja de audífonos que había encargado hacía ya quince días, dado que los que venía usando en la actualidad los estrenó poco tiempo después de enviudar, hacía más de seis años, y se encontraban prácticamente agotados. Recordó que, cuando don Ernesto le dio cita para hoy, después de haberle hecho las correspondientes mediciones audiométricas, le había comentado que con la nueva cabina en la que se había hecho la audiometría se obtenían resultados bastante más fiables que con la anterior y que el fabricante de los audífonos le había asegurado que a los nuevos aparatos se les había aplicado algunos avances técnicos que los hacían mucho más eficaces  y atractivos que los que ella usaba actualmente.

La misa se celebró como de costumbre. En el Evangelio, don Salvador, el cura, con su gran voz de barítono, cantó el Aleluya como hacía tiempo que no se le oía, y tanto en la homilía como en la epíclesis, la consagración y la doxología dio muestras de sus grandes dotes de actor y de buena dicción por la gestualidad y solemnidad que imprimió a sus palabras. Llegada la comunión, doña Avelina se entrega a ella en cuerpo y alma, con una fe tan profundamente arraigada, que el hecho de que lleve repitiéndolo diariamente durante toda su vida no ha hecho en sus creencias la menor mella, ni la ha convertido en rutina, ni ha mermado lo más mínimo la intensidad de su entrega; para ella la misa es exclusivamente la comunión, todo los demás ritos son prescindibles. Antes de ponerse en la fila de los creyentes comulgantes se aísla mentalmente de todo lo que la rodea y se entrega a un profundo acto de fe, humildad y arrepentimiento con el firme convencimiento de que el espíritu de Jesús va a penetrar en su interior y se va a posesionar de su cuerpo, de su alma y de todo su ser, de que toda ella va a ser un receptáculo para su Creador y debe recibirlo en un prístino estado de pureza.

Tras la comunión, durante la oración, doña Avelina entra en éxtasis; es entonces cuando sus sentidos y su mente se unifican, en ese momento es capaz de sentir físicamente a Jesús en su interior, de olerlo, de oír mentalmente su voz, de creer entender cosas que antes no entendía; entra como en una especie de orgasmo místico y se dirige mentalmente a su amante Jesús dándole gracias por usar su cuerpo como templo.
 

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Don Ernesto la recibió en la rebotica, donde tenía instalada la cabina audiométrica y un ordenador con los programas informáticos y los accesorios necesarios para los ajustes y la configuración de los audífonos, que le habían sido instalados por el fabricante, al tiempo que este le había impartido un curso de audioprotesísta.

Tras hacer los ajustes pertinentes en los audífonos, don Ernesto le introdujo ambos elementos en los oídos que encajaron perfectamente. Después de hacer algunas pruebas de volumen y de comprensión, mediante el dictado de algunas palabras y frases, doña Avelina manifestó abiertamente su satisfacción y su alegría por lo bien que oía, resaltando la gran diferencia de calidad que notaba en comparación con los viejos aparatos y, sobre todo, porque estos eran aún más pequeños y quedaban al resguardo de las miradas; era imposible notar que los llevaba puestos.

Pagó la cuenta con su tarjeta de crédito, compró un par de bolsitas con caramelos balsámicos, que don Ernesto no le quiso cobrar, y salió de la farmacia con el ánimo renovado, encantada de disfrutar de aquel hermoso y soleado día.

 
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En los tres días siguientes doña Avelina siguió su vida con la rutina diaria de siempre, salvo algún que otro pequeño acontecimiento: tuvo una larga conversación telefónica con su hermana Juliana que la había llamado desde la capital, donde residía, hablando de cosas intrascendentes;  desde su balcón presenció, con gran regocijo y alegría de poder escuchar y entender perfectamente lo que hablaban, una pelea entre dos mujeres, que al parecer se tenían inquina, que al cruzarse en mitad de la plaza se increparon mutuamente y terminaron intercambiando una sarta de improperios llegando, incluso, a las manos; y también la llegada del coche fúnebre para la recogida del cadáver de un vecino de la plaza que había fallecido la madrugada del día anterior, que ella apenas conocía y con cuya familia no tenía ninguna confianza, por lo que les daría el pésame dentro de una semana, en la misa de réquiem.

El cuarto día discurría como todos los demás; había dormido muy bien y se levantó descansada y de buen humor y también Rosario le había sustituido en el desayuno la cotidiana mermelada de ciruelas por una exquisita mermelada de fresas que ella elaboraba y a la que daba su toque personal añadiendo una pizca de canela y unas hojas de menta.

Como cada día, salió a la calle a las nueve menos cinco y, al abrir la hoja del portón de entrada, recibió en la cara una bocanada de aire fresco de la mañana al tiempo que miraba al cielo y vio que aparecía limpio y muy iluminado. Cruzó la plaza y, ya en la iglesia, se acomodó en su banco de costumbre, y, también como cada día, al llegar el desarrollo de la misa a la Comunión su mente y todos sus sentidos se entregaron, en una total abstracción, al acto de arrepentimiento y contrición previo a la recepción de la hostia consagrada. Después, entró en la fila de comulgantes como una autómata, con los ojos mirando al frente pero sin ver a nadie, las manos con los dedos entrelazados sobre el pecho, la boca seca y la respiración anhelante. Recibida la comunión volvió a su asiento, se arrodilló y con la oración se entregó a ese éxtasis en el que entraba diariamente.

Así estaba doña Avelina, en esa actitud de absorto y místico embeleso, cuando de pronto su boca se abrió totalmente, al tiempo que aspiraba ruidosamente una gran bocanada de aire, y sus ojos, abiertos de par en par, casi desorbitados, miraban desconcertados en todas las direcciones, como buscando a alguien invisible. Se levantó del reclinatorio de un salto y de pie, durante unos segundos, quedó como petrificada, desorientada, sin saber qué hacer. Un momento después pareció reaccionar y, con pasos decididos, bordeó el altar y entró por la puerta lateral que accedía directamente a la sacristía.

Terminada la misa, don Salvador, don Ernesto, don Sebastián y doña Consuelo entraron en la sacristía en tropel y con paso rápido, alarmados por la retirada o más bien la huida de doña Avelina. La encontraron sentada en una silla de eneas ante la mesa de despacho de don Salvador, pálida como la cera y con un temblor en las manos que le impedía poder apoyarlas en cualquier sitio. Viéndola en ese estado, don Ernesto se acercó a una mesita auxiliar en la que había una bandeja con una botella de agua y un vaso de cristal, llenó el vaso y se lo ofreció; doña Avelina bebió apresuradamente, con ansia, y pareció tranquilizarse un poco.

Cuando los presentes vieron que ya se había tranquilizado lo suficiente, don Salvador le preguntó qué le había pasado y, en ese momento, todos los demás adelantaros sus cabezas como para oír mejor su respuesta. Doña Avelina parecía reacia a contestar, no estaba segura si debía contarlo pues a ella misma le parecía una locura y tuvieron que preguntárselo varias veces hasta que se vio un tanto obligada a dar una explicación de su comportamiento.

Todos intuían que doña Avelina en la comunión pasaba cada día por esa especie de trance, que a la mayoría les parecía algo teatral, y cuando ella empezó diciendo que estaba abstraída en la oración, después de haber comulgado, todos entendieron a qué se refería. Lo que nadie esperaba es lo que vino a continuación cuando doña Avelina, pasando la mirada a todos los presentes de uno a uno, dejó caer que cuando se encontraba abstraída dando gracias a Dios, Jesús le había hablado. Todas las cabezas se inmovilizaron un segundo para, dar a continuación simultáneamente un respingo hacia arriba, y todos quedaron momentáneamente mudos.

El primero en hablar fue don Salvador que, acariciándole la cabeza, empezó a decirle que se tranquilizara, que eso había sido producto de su tan grande y arraigada fe, y don Ernesto le preguntaba si había dormido bien o si había tenido fiebre últimamente, aconsejándole que viera a su médico de familia mañana mismo y le contara el caso, que de seguro le ayudaría con algún fármaco.

Al fin, suficientemente tranquilizada, doña Avelina se despidió de todos, dándoles las gracias por sus atenciones, y, sin más, salió de la sacristía con pasos rápidos enfilando el pasillo de la nave lateral en dirección a la puerta principal. Todos quedaron unos segundos en suspenso, mirándose entre sí, cuando de repente doña Avelina volvió a aparecer en la puerta de la sacristía con el rostro demudado y un gesto de pánico que hizo que todos emitieran un ¡Oh! al unísono. Volvieron a tomarla de las manos y a sentarla en la misma silla que había ocupado antes. Esta vez doña Avelina rompió a llorar desconsoladamente, balbuceando, en forma entrecortada, “me ha vuelto a hablar”, “me ha vuelto a hablar”.

- Pero hija mía ¿qué es lo que te dice?, preguntó don Salvador.

Doña Avelina lo miró de soslayo, cruzó los dedos de las dos manos y llevándoselas a la barbilla contestó en tono muy bajo pero perfectamente audible:

- La primera vez me dijo: “Avelina prepárate, ya es la hora del cambio”.

- ¿La hora del cambio?, repitió don Salvador.

- Sí, eso me dijo.

- Y esta segunda vez ¿qué te ha dicho?, inquirió doña Consuelo.

- Esta vez me ha dicho… no entiendo muy bien lo que me ha dicho.

- ¿Cómo que no lo entiendes? ¿no lo recuerdas?

- Sí, lo recuerdo perfectamente.

- ¿Entonces…?, terció don Sebastián.

- Me ha dicho: “Avelina hay que cambiar ya la pila”.

- ¿Cambiar la pila?, dijeron todos, casi al unísono, abriendo sus bocas y mirándose con estupor.

Hubo un momento de desconcierto general, seguido de un profundo silencio, hasta que una carcajada estruendosa se elevó en la sacristía. Don Ernesto reía a mandíbula batiente, las lágrimas le saltaban de los ojos y se agarraba al respaldo de una silla con la mano derecha mientras que con la izquierda se apretaba el bajo vientre por miedo a que, con su incontenible risa, su hernia inguinal se estrangulara. Así estuvo durante un par de minutos hasta que por fin pudo empezar a controlarse e intentar, a duras penas, pues aquella hilarante risa seguía fluyendo a su garganta, dar una explicación a su actitud.

Una vez repuesto, don Ernesto explicó que la causa de aquel fenómeno se debía a los audífonos que doña Avelina había estrenado hacía tres días y a él mismo por haberse olvidado de advertirla. Explicó que a estos aparatos, a diferencia de los tradicionales, que cuando la pila se está agotando avisan emitiendo un pitido o una melodía y a los diez o quince minutos vuelven a repetir el aviso para indicar que, si no se cambia la pila inmediatamente, se apagará definitivamente, se les ha grabado un mensaje de voz que alerta de que la pila se está agotando y, como el fabricante conoce en nombre del cliente, había grabado dicho aviso personalizándolo con el nombre de doña Avelina. Ahora, tras esta explicación, el jolgorio fue general. Todos los presentes, incluso don Salvador, fijaron su vista en doña Avelina y rieron de buena gana durante un buen rato.

Ni que decir tiene que doña Consuelo se encargó de que aquel incidente corriera como la pólvora por todo el pueblo; después de aquel día, cuando doña Avelina salía de casa y cruzaba la plaza para dirigirse a la iglesia, los parroquianos la miraban, cuchicheaban entre sí y soltaban una carcajada, sobre todo las mujeres. El prestigio de doña Avelina nunca más se repuso de aquel golpe.


F I N

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