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Aislado

Llega otro noviembre, y con este ya son cinco los de ausencia, los de silencio, los de soledad. No es que alguna vez haya tenido una vida social, particularmente agitada, pero nunca faltó quien estuviera en la silla de enfrente con una cerveza fría, cuando necesitaba sacar o enmascarar toda la mierda que llevaba dentro.

Ahora vivo en un piso pequeño, bastante pequeño, pero en el que a veces, si me paso de copas; puedo llegar a perderme. Tengo treinta y ocho años, un empleo fijo como editor en una revista digital; un gato negro, me sobran unos cuantos kilos. Y hace seis meses que no salgo a la calle.

Son las 8:30am, no ha sonado la alarma, pero tal pareciera que me hubiese tragado un enorme reloj de péndulo, que ha hecho que mi cuerpo vibrase de la cabeza a los pies y haya saltado de la cama; como si se tratara de un pertiguista en su último salto olímpico. Nada más lejos de la realidad, jamás he sido un hombre de deportes.

Camino inerte por el corredor hasta la cocina. La cafetera me mira como dándome los buenos días e intuyo que me regala una sonrisa sarcástica, cuando abro el cajón y me doy cuenta de que no quedan más cápsulas. En el armario aún queda algo del café soluble que tengo para este tipo de emergencias. Tendré que anotarlo en la lista de la compra de esta semana y dársela a Javi. Ahora caigo que no vino ayer, y suele hacerlo cada jueves.

Javi es el chico que me hace los recados. Tiene unos 24 años, rubio, metro ochenta de alto, atlético, con un torso definido que se insinúa a través de esas camisetas sin mangas que siempre lleva puestas. Tiene unos ojos azules oscuros en los que cuesta verse reflejado, no porque sus pupilas no sean lo suficientemente transparentes, sino porque  sostenerle la mirada es una labor casi titánica, aún no sé por qué. Es ese tipo de cosas que te avergüenzan sin motivo alguno. Lo conocí por un anuncio en una web de oferta y demanda de empleo. Se ofrecía para hacer recados en las tardes y así poder seguir pagándose la universidad. No suelo fiarme de ese tipo de anuncios, pero ya tenía en mente aislarme algún tiempo así que fue una medida desesperada. Le contacté y vino a una primera toma de contacto. Le encargué una compra pequeña para ver cómo salía y resultó bien. Lo trajo todo y en muy poco tiempo. Desde entonces cada jueves viene y me trae los encargos de la semana. Jamás hace preguntas, y es algo que me satisface.

Me preparo un buen tazón de café y me siento en mi sofá. Un chester de piel negra de tres plazas con acabados de un ébano brillante y joven. Paso tanto tiempo en el sillón del balcón que a veces se me olvida lo confortable que es la sensación del "plaid" blanco de pelos, que cubre el lateral derecho de éste. Pero empieza a hacer frío y ya  no podré permanecer, más de lo que me permite el tiempo de acabarme un cigarro, ahí fuera. Me gusta mucho el invierno, pero en esta ciudad cada vez son más húmedos y traen demasiado viento. Un aire helado, que se te mete por los huesos y te da la sensación de que a pesar de la luz amarilla y cálida, que brindan las farolas de la calle, algo oscuro y gélido se avecina.

Enciendo el ordenador y me dispongo a ver las noticias; mientras echo un vistazo al Twitter; que es mi mejor informador, y entre algún comentario que te hace reír o enfadar según la gente a la que sigo y alguna imagen porno, suelen haber titulares de prensa de interés dependiendo del día. Sin embargo, al parecer hoy, el mundo está bastante bien y no hay demasiadas noticias que me hagan seguir reafirmando la idea de este aislamiento voluntario. Pero si miles de monjas lo han podido hacer y alcanzar esa paz interior que todos deseamos retener el mayor tiempo posible, por qué no habría de conseguirlo yo, que a fin de cuentas, puedo ser tan bendito o blasfemo como cualquier otra persona.

Lo que me aleja de la sociedad, a fin de cuentas, es lo que me ata a una secreta y gran parte de la misma.

continuará...

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