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Agarra-brazo

Dice que se llama Carlos, dice que es mi "agarra-brazo". Y me muestra isistentemente un papel con mi firma estampada... o, al menos, se parece mucho a mi firma.

Es extraño porque, por más que me esfuerzo, no consigo recordar haber contratado los servicios de un "agarra-brazo". Más allá de haber ignorado su existencia hasta el momento, a cada minuto que paso con él, menos comprendo la utilidad de su servicio... o la "des-utilidad", más bien.

Es un tío alto y fornido, de plante erguido, como sacando pecho. Repeinado. Viste un traje oscuro que, pasando de parecerlo, alardea de ser caro; y sobre su solapa cuelga algo que aún hoy, no sabría decir si son medallas militares, o premios de educación física... unos cinco o seis, de diferentes colores.

El servicio que presta consiste, básicamente, en sujetarme el antebrazo cada vez que me dispongo a echar mano de cualquier tipo de objeto, impidiéndome, casi siempre, que llegue a cogerlo. A veces, si soy lo bastante avispado, soy capaz de zafarme de su garra, evitando que consiga bloquearme, pero debo tener cuidado porque tiene una premisa: cuanto más grande es el objeto que pretendo coger, con más violencia me engancha; hasta tal punto que, en algunas ocasiones, ha llegado a hacerme daño de verdad.

Así que su trabajo es, simple y llanamente, ese, las venticuatro horas, semana tras semana. De hecho, todavía no consigo explicármelo, pero juraría que no come... es decir, yo al menos, nunca le he visto comer. Algunas noches, al desvelarme, le veo por el rabillo del ojo, de pie, erguido y estático junto a mi cama, como intentando colarse en mis sueños a través de su mirada.

Pero mi excéntrico compañero plantea dilemas más serios. Hace ya como un mes que viene siguiéndome y, desde entonces, no consigo hacer una vida normal. Cualquier actividad que requiera manipular objetos se ha vuelto poco menos que imposible; temo que, incluso, llegue a perder mi empleo. Los objetos más grandes que suelo manipular se encuentran en mi trabajo, y mi extraño acompañante me resta demasiada eficacia.

He tratado de hablar con él, de hacerle entender... o, al menos, que él me haga entender a mí; pero parece incapaz de comunicarse, no habla, no se puede razonar con él, solo responde enseñando el dichoso contrato; un contrato que, aunque no consigo recordar cómo ni cuándo, está claro que firmé en algún momento.

Muchas veces he soñado con golpearle... mucho, muy fuerte; sí, fantaseo con reventarle el cuerpo a base de hostias, hasta dejarlo inconsciente. Muchas veces he soñado con matarle... Pero estas ideas no trascienden de la pura fantasía, porque, en la cruda realidad, no soy capaz de enfrentarme a él. Ciertamente, es un tipo grande, también; pero lo que realmente me aterra es la idea de que pueda utilizar alguna cláusula del jodido contrato para defenderse, y esto consiga empeorar. Quiero decir que, si el susodicho documento, bastante extenso, ya lo acredita para tan desconcertante actividad, honestamente, no me interesa averiguar a qué más torturas surrealistas le habré dado derecho a aplicarme con mi marca. De hecho, últimamente vengo pensando que ya me da igual si tales cláusulas existen o no, mi miedo a la posibilidad le firmó, hace ya tiempo, su inmunidad.

¿Qué artimaña utilizaría... qué malas artes? ¿Cuán atractiva sería la oferta con la que me convenció para que firmara? ¿Cómo cojones lo ha borrado de mi memoria? ¿Y por qué?...

Hoy, ya resignado a mi mala estrella, habiendo casi asumido que, tarde o temprano, acabará destruyéndome del todo, solo puedo pedirle a Dios que nadie más tenga que sufrir mi suerte; que, si existen ahí fuera más "agarra-brazos" como el mío, y alguien tiene la desgracia de cruzarse con uno, sea cual sea su interesante propuesta, finalmente, demuestre más entereza de la que tuve yo.

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