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Abdul

Abdul se encontraba tendido en el suelo, boca arriba y con los brazos abiertos en cruz, abrió los ojos y su visión, al principio borrosa, poco a poco se fue aclarando y comenzó a distinguir un cielo azul, cruzado por unas difusas nubes blancas que quedaban diluidas a través de una polvareda que persistía en el aire. En el ambiente flotaba un acre olor a pólvora. Se encontraba aturdido, algo mareado y le zumbaban los oídos, aunque lentamente iba distinguiendo los sonidos que le rodeaban. Empezó a oír voces que apremiaban, gritos, lamentos de dolor y el insistente e inconfundible sonido de la sirena de una ambulancia. Cuando intentó moverse sintió una descarga generalizada de dolor, le dolía todo el cuerpo; tuvo la sensación de que había sido pisoteado por una manada de búfalos en estampida.

Al verlo moverse, un hombre vestido con uniforme militar se acercó corriendo hasta él y le preguntó si estaba bien. Abdul intentó contestar, pero cuando quiso articular un “¿qué ha pasado?”, su boca estaba tan reseca que no le salió la voz y, por unos instantes, volvió a perder la consciencia.

Cuando abrió los ojos de nuevo se encontraba en el interior de una ambulancia que atronaba con su sirena discurriendo a la máxima velocidad que le permitían aquellas calles, en las que había que ir adivinando su trazado ya que éste solo se insinuaba entre los montones de escombros y cascotes de las derruidas casas que un día les dieron vida, alegría y color. Ya más consciente, observó que viajaba con otras tres personas que estaban ensangrentadas y, al igual que él, totalmente cubiertas de polvo. Un enfermero con bata blanca sostenía en alto un frasco de suero glucosado, conectado, mediante una aguja hipodérmica, al brazo de uno de los heridos. Y entonces se acordó.

Había salido de casa aquella mañana muy temprano a buscar alimentos, dejando a su familia dormida en casa. Durante la noche el cielo de Alepo estuvo cubierto de densas nubes; eso le daba cierta tranquilidad porque cuando había niebla o el cielo presentaba nubes bajas no se bombardeaba. La aviación gubernamental siria hacía sistemáticos bombardeos en la zona ocupada por los rebeldes, que es donde él vivía, con bombas barril, con las que no se podía hacer puntería desde los aviones y se arrojaban a voleo. Estas terroríficas bombas causaban muchísimo daño ya que estaban constituidas por una especie de bidón lleno de un potente explosivo y abundante metralla que, al estallar, al tiempo que mataban a una gran cantidad de personas cercanas a la explosión, producían una infinidad de bajas por heridas graves y amputaciones de miembros por efecto de la metralla. Así que los días muy nublados no había bombardeos por miedo a causar bajas propias y esto le daba a la población algún respiro.

El mercado del barrio había sido bombardeado hacía unos días y ahora la gente acudía a un mercadillo que se improvisaba en una plazuela situada a tres manzanas de distancia. Recordó que, como no encontró ni un solo pescado, que fue lo que su mujer le encargó que comprara, se tuvo que conformar con un trasero de pollo; pensó que podían hacer una sopa de pollo con verduras de su propio huertecito. Cuando volvía del mercadillo ya habían dado las ocho de la mañana, se paró un momento, como a diez metros, frente a la fachada de su casa y, a través de la ventana de la cocina, observó a Fátima, su mujer, que trasteaba con la vajilla preparando el desayuno. Fue entonces cuando oyó el ruido del avión e, instintivamente, miró hacia arriba y lo vio; la negra bomba se recortaba contra el azul celeste y caía sobre el grupo de seis casas entre las que se encontraba la suya. Tras este último recuerdo venía el vacío.

Con un nudo en la garganta, al comprender lo que había ocurrido, intentó incorporarse; tenía que volver a su casa, tenía que ayudar a su familia. Se revolvió en la camilla en la que iba tendido intentando levantarse pero el enfermero, hombre corpulento, lo agarró y lo mantuvo inmóvil al tiempo que le comunicaba que las seis casas habían quedado totalmente destruidas, que no había sobrevivido nadie, que habían retirado veintidós cuerpos y que, después que lo atendieran en el hospital, tendría que ir al depósito de cadáveres a identificarlos.

Había salido prácticamente ileso de la terrible explosión, con tan solo un tímpano perforado y algunas magulladuras producidas en la caída después de que la onda expansiva lo arrojara por los aires a varios metros de distancia.

En el depósito, habían agrupado los tres cadáveres en una mesa de acero inoxidable, la madre en el medio y los niños a ambos lados, amortajados con una sábana blanca que solo dejaba ver la cara de los difuntos. No presentaban ninguna herida, los había matado la onda expansiva de la explosión, y daba la impresión de que estaban dormidos. Fátima, su esposa, conservaba todavía cierto tono rosado en el color de su cara y su expresión era tranquila; Falak, su hijita, tenía la cara un poco vuelta hacía su madre y parecía que esbozaba una leve sonrisa y Hishâm, su hijo primogénito, estaba con la boca y los ojos entreabiertos, tal  y como él tenía por costumbre dormir. Durante muchas horas estuvo llorando sobre sus cuerpos inertes y besándolos hasta que sintió en sus labios el frio de la muerte. Se preguntó qué había hecho para que Alá le hubiera castigado tan duramente, a él, que era un buen creyente y profundamente religioso, que cumplía con todos los preceptos del Islam en la mezquita, en la casa, en el trabajo y en cada momento del día, que era un buen marido y un buen padre, que siempre se preocupó por sus amigos y por sus vecinos, ayudándolos siempre que lo necesitaron. Se preguntó el porqué de tanta injusticia y de tanta inhumanidad, el porqué de tanto egoísmo que antepone los intereses políticos y económicos a la vida de las personas y por qué Alá permitía todo aquello.

A la caída de la tarde les dieron sepultura en un improvisado y escueto cementerio que, desde hacía unos meses, se había acondicionado en un amplio patio trasero de la morgue, debido a lo muy arriesgado que era el largo recorrido existente hasta el cementerio de la ciudad.

Se ponía ya el sol tras los arruinados edificios cuando salió del depósito de cadáveres. Se encontraba totalmente abatido. No sabía qué hacer ni a donde dirigirse e, instintivamente, encaminó sus pasos hacia su casa. Deambuló por las derruidas y oscuras calles siguiendo la dirección que su sentido de la orientación le indicaba para llegar a su barrio, ya que el nivel de destrucción que se presentaba a la vista hacía que la fisonomía de la ciudad fuera irreconocible. Cuando entró en su calle tuvo que pararse un momento porque le costaba reconocer el emplazamiento de su casa; solo cuando vio la fachada de la tienda de Hassan, donde él compraba la leche cada mañana, se dio cuenta que la montaña de escombros que había frente a esta fachada, al otro lado de la calle, eran los restos de su casa. Arrastrando los pies, se situó ante la puerta de la tienda y, sin dejar de mirar hacia el vacío que antes fue su casa, apoyó la espalda sobre la pared de la fachada y, muy lentamente, casi inconscientemente, se fue deslizando hacia abajo hasta que quedó sentado en la acera.

Ya era noche cerrada y empezó a sentir el frío de Enero. Este invierno se había presentado excepcionalmente seco y frio. En Diciembre solo había llovido un par de días y ya estaban a mediados de Enero sin un solo día de lluvia e inmersos en un persistente anticiclón situado sobre el mar Negro que hacía que soplara un viento muy frio del norte que provocaba intensas heladas nocturnas; los días eran soleados y, aunque constantemente soplaba una fría brisa, se sobrellevaban bien si ibas suficientemente abrigado, pero a la puesta de sol el tiempo cambiaba radicalmente, el viento arreciaba, la temperatura caía rápidamente en picado y ya, en días pasados, se había registrado una temperatura mínima de cinco grados centígrados bajo cero.

Empezó a sentir sueño y, como la noche estaba ya avanzada, se acurrucó en el hueco del portal de la tienda de Hassan y pensó que, como este era un gran madrugador, esperaría allí las cuatro o cinco horas que faltaban para que Hassan se levantara a ordeñar las vacas en el establo situado en la trasera de la casa; así, cuando viera encender la luz, llamaría a la puerta y le pediría a Hassan que le permitiera pasar al interior y tomar un vaso de leche caliente para entrar en calor, descansar y pensar tranquilamente en su situación.

Allí, sentado en la acera, quedó absorto, mirando al vacío en dirección a los restos de su vivienda. Se levantó el cuello de la chaqueta, se cerró las solapas sobre el pecho y, cruzándose de brazos sobre el pecho, metió las manos bajo las axilas. Tenía hambre, pues no había comido nada en todo el día, y la temperatura había bajado tanto que estuvo tiritando durante un buen rato; tenía mucho frio pero, al mismo tiempo, también se sentía muy relajado y notaba que, poco a poco, una paz beatífica le iba inundando el espíritu. Mirando a los cascotes de su derruida vivienda empezó a imaginarla tal como era antes de su destrucción. Volvió a ver su casa de una sola planta con una cubierta de tejas rojizas, con la fachada pintada de blanco y un zócalo de azul añil, y también vio a su esposa Fátima a través de la ventana de la cocina, tal como la había visto aquella misma mañana, se vio arropando a su hijo Hishâm en su cama la noche anterior y sintió en su mejilla el beso de su hija Falak que, abrazada a su cuello, se despedía con un “Te quiero papá. Buenas noches”. Vio su huerto en el patio trasero de la casa, sembrado de hortalizas, y a su vecino Ibrahim, que ayer por la tarde le había pedido permiso para coger unas acelgas, un nabo y un puerro para hacer una sopa caliente a su mujer, que llevaba varios días delicada de salud. Las imágenes eran cada vez más vívidas. No solo las veía con un realismo fantástico y sin tener que hacer ningún esfuerzo rememorativo, sino que también oía aquellas voces dentro de su cabeza, como si realmente se estuviesen pronunciando en ese momento.

Le dolían las manos y los pies pero le pareció que el frio remitía; continuó todavía mucho tiempo rememorando las imágenes y las voces de su familia y también vio muchas escenas en las que aparecían sus vecinos y sus amigos; a pesar de los años transcurridos, podía ver nítidamente a sus profesores, a sus amigos y compañeros de la madrasa y se veía y oía conversando con ellos. Las imágenes se sucedían a mucha velocidad; vio el día que conoció a Fátima y volvió a revivir, palabra por palabra, aquella primera conversación que tuvieron; recordó y sintió en sus labios la calidez de aquel primer beso y de las primeras caricias; volvió a sentir en su pecho el calor de los cuerpecitos de sus hijos recién nacidos, cuando los mecía en sus brazos.

En un momento dado tuvo consciencia de que ya no estaba imaginando aquellas escenas; supo que ya no eran escenas imaginarias, que aquello estaba ocurriendo de verdad. Habían desaparecido los escombros y vio su casa materializada. La veía intacta y con el interior iluminado con una luz muy blanca y muy potente que salía a raudales por la puerta principal y por las ventanas, abiertas de par en par. Sacando fuerzas de flaqueza y agarrándose a la aldaba de la puerta de Hassan, se levantó muy lentamente y empezó a cruzar la calle en dirección al edificio. El frio había desaparecido o él ya no lo sentía, se abrió la chaqueta, se ajustó los pantalones y siguió avanzando hasta cubrir los diez o doce metros que le separaban de su casa. Cuando llegó al portal apoyó ambas manos en las jambas de la puerta y, muy lentamente, adelantó un pie, cruzó el umbral y asomó la cabeza al interior. Vio su sala de estar, donde veían la televisión, y que también era el comedor; todo estaba tal como lo había dejado cuando salió a realizar la compra aquella mañana. Miró a su alrededor en todas direcciones y no supo de donde procedía aquella luz tan potente. Dio un par de pasos hacia el interior y se dirigió hacia la puerta de su dormitorio, donde había dejado a su esposa durmiendo aquella mañana. En eso, de repente, las puertas de los dormitorios se abrieron y, entre gritos de alegría, como si estuvieran dándole una felicitación por sorpresa, salieron su esposa y sus hijos que corrieron hasta él, rodeándolo y cubriéndolo de besos; también acudieron sus vecinos que, entre risas, lo saludaban y besaban y, oh milagro, también venían hacia él, con los brazos abiertos, sus difuntos padres. Fue entonces cuando la intensidad de aquella fulgurante luz empezó a declinar y, poco a poco, se fue reduciendo, primero a una luz tenue, que atenuó el deslumbramiento y dilató sus pupilas, para pasar a una densa penumbra, que difuminó los rostros y apagó las voces de las personas que lo rodeaban y terminar en una total y absoluta oscuridad.

Se hundió plácidamente en aquella negrura, su respiración cesó y dejó de pensar.

Cuando, a la mañana siguiente, Hassan abrió la puerta de su tienda, se encontró a Abdul sentado en el umbral, con el cuello de la chaqueta levantado, los brazos cruzados sobre el pecho, las manos bajo las axilas, con los ojos muy abiertos, en expresión de asombro, y una gran sonrisa congelada en su helado rostro.

FIN

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