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Carmen

—Tio, tienes que volver a salir con alguien. Desde que lo dejaste con Paula no has salido con nadie. ¿Cuánto tiempo hace que te dejó?— Dijo Juan.

 —Un año, siete meses y catorce días. Y ella no me dejó, la dejé yo a ella.

 —Si, después de verla como se lo estaba montando con dos negros. — al él le hizo gracia, pero yo no me reí, le miré con ganas de reventarle la boca. — Perdón, me he pasado. No quiero que sigas así. Conozco a una tia para ti.

 —¿Si? ¿de que la conoces?

 —Es… una vecina.

 —¿Cómo se llama?

 —Carmen.

 —¿Cuántos años tiene?

 —Cincuenta.

 —¿Cincuenta? ¿Cincuenta años? ¡Tiene veinticinco años mas que yo!

 —Si. Pero acaba de cumplirlos.

Me quedé mirándole con la boca abierta. No sé con qué cara, supongo que sería con cara de gilipollas. El aprovechó el silencio para pedirle al camarero que le trajera otra cerveza.

Por mi mente pasaban todo tipo de pensamientos ¿será una broma? ¿me pido una cerveza? ¿estará buena la vieja? ¿será una milf?

 —Es una broma ¿no?

 —No no, te lo digo en serio.

—… ¿tienes  alguna foto?

 —Voy a meterme en su facebook para que la veas.

Cogió el móvil y la buscó.

 —Es esta.

Me enseño una foto donde la vieja estaba de fiesta, sujetando un cubata. Rubia, rubia de bote. Tenia el rímel corrido y los labios pintados de color rosa brillante. La  papada casi tocaban sus tetas.

 —Tiene buenas tetas, eh. — me dijo.

 —Esta gorda.

 —¿Cómo lo sabes si no se le ve el cuerpo?

 —Mira el brazo que tiene, es mas gordo que mi cuerpo.

—No seas tan exigente. Además lo importante es lo del interior ¿no?

 —El interior es importante, pero…  un buen exterior nunca esta mal.

 —Tengo que irme ¿quieres su número o no?

—… vale dámelo. — no se porque se lo pedí. Supongo que seria la desesperación.

Nos fuimos del bar. Juan me invitó a las cervezas y cada uno se fue por su lado. 

No dejaba de mirar el número en la agenda del móvil. ¿La llamo? La verdad es que es fea y me saca bastantes años.

No lo pienso y le doy a llamar.

Suena el primer tono.

Suena el segundo tono.

Coge el teléfono.

 —¿Diga?— era la voz de un hombre, al que parece que le gustaba fumar.

Me ha dado un número equivocado, a no ser que sea el marido de Carmen.

 —¡¿Diga?¡— volvió a decir la voz ronca.

 —Perdón, me he equivocado. Estaba llamando a Carmen.

 —Soy yo.

Colgué el teléfono. Me dio miedo. Tenia miedo de Carmen, de su voz ronca. Miedo de su interior y de su exterior. Esa noche me costó mucho conciliar el sueño, no sé si por recordar a Carmen o por estar tan desesperado como para haberla llamado.

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