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El abuelo

Mi abuelo materno se llamaba Manuel. Había nacido, allá por el año 81 del siglo XIX, en un bonito pueblo del Ajarafe sevillano llamado Sanlúcar la Mayor y allí vivió, con mi abuela Ana y sus hijos Manuela, Ana y Esteban, hasta los cincuenta y siete años, pues al casarse su hija mayor, Manuela, mi madre, toda la familia se trasladó a Sevilla.

A Manuel, mi padre, un gallego pontevedrés emigrado a Córdoba cuando aún era un niño, donde cierto pariente lejano lo había acogido y donde aprendió el oficio de cocinero, le tocó hacer el servicio militar en un destacamento situado en este pueblo aljarafeño y allí le alcanzó la sangrienta guerra civil española. Allí fue donde conoció a mi madre, y más tarde, terminada ya la guerra, se casó y abrió una taberna en Sevilla donde despachaba vinos y tapas de cocina, como hacían casi todos los gallegos y los cántabros que llegaban por aquel entonces a la capital hispalense en busca de fortuna.

El abuelo Manuel era un hombre más bien feo, o al menos así me lo parecía a mí, aunque, al decir de muchas mujeres, tenía un cierto encanto varonil que lo hacía atractivo y deseable o, tal vez, lo que el sexo opuesto encontraba de atractivo en él fuera su temperamento ardiente y mujeriego que ponía de manifiesto continuamente, dedicándole a las mujeres guapas ardientes miradas y encantadoras sonrisas donjuanescas. Cierto día que le pregunté a la abuela Ana por qué se había enamorado de él siendo tan feo, se quedó pensativa un momento y luego, dibujando una sonrisa y con un elocuente brillo en los ojos que hacía pensar que sus recuerdos estaban aún frescos, con mucha picardía me respondió: “Qué sé yo hijo, quizás porque era muy calentorro”. Lo cierto es que desde que yo tuve uso de razón hasta el mismísimo día de su muerte, siempre oí a la abuela Ana quejarse, eso sí, con la boca pequeña, de las novias que tenía el abuelo, porque siempre me pareció que, en el fondo, llevaba a gala tener un marido tan conquistador. Lo cierto es que el abuelo murió con setenta y siete años y, que yo supiera a ciencia cierta, tenía al menos dos novias.

Su aspecto era el de un campesino andaluz. Llevaba la cabeza rapada al cero, con un flequillito muy pequeño sobre la frente que él partía en dos con el peine. La frente era estrecha, con profundas arrugas, y se asentaba sobre dos espesas cejas y un poblado entrecejo. Los ojos eran pequeños pero muy vivos, con un brillo burlón y cierto aire de malicia, que no detenían la mirada más de dos segundos seguidos sobre nada en particular. La nariz era recta y bien formada y en los labios tenía siempre una sonrisa irónica con cierto aire de amargura. Con todo, su cabeza estaba muy bien proporcionada, con un mentón fuerte, sustentada sobre un cuello de toro. Era un hombre de estatura mediana, con un cuerpo bien proporcionado y cierto porte elegante en sus gestos. Tenía la barba muy cerrada y era extremadamente velludo, circunstancia esta que en su pueblo le había valido el apodo de “El Peluso”. Su vestimenta era la que correspondía a un pueblerino andaluz de principios del siglo XX, pantalón y chaqueta de paño gris, camisa blanca abotonada al cuello, sin corbata ni aún en los días de fiesta, botas de cuero de media caña que siempre se afanaba en hacerlas brillar con grasa de caballo, gorrilla campera de visera corta, tirantes y una larguísima faja de paño que todas las mañanas se enrollaba a la cintura con la ayuda de la abuela Ana, que la sostenía por un extremo mientras él iba girando sobre sí mismo hasta agotar toda su longitud. Tanto en verano como en invierno, su ropa interior estaba constituida por una camiseta con botonadura y unos calzoncillos de perniles largos que ataba con cintas a sus tobillos. Andaba con gesto firme y las piernas un poco abiertas, seguramente por la costumbre de caminar entre los terrones del campo durante toda su vida.

Por aquellos años, la vida en un pueblo como Sanlúcar la Mayor, cuya población no alcanzaba los cuatro mil habitantes, era extremadamente tranquila y apacible. Las gentes se levantaban al alba y, mientras las mujeres trajinaban en la cocina y perfumaban el aire con el aroma del café y las tostadas recién hechas, los hombres aparejaban las caballerías con las que se desplazaban a sus puntos de trabajo en el campo a realizar sus labores agrícolas, cargándolas con una buena dotación de herramientas de trabajo y un enorme cántaro de agua fresca sacada del pozo que invariablemente existía en el patio de todas las casas. Las tardes transcurrían entre los juegos de los niños en la plazuela, los corrillos de mujeres charlando a las puertas de las casas y las reuniones de los hombres en las tabernas jugando a las cartas y tomando chatos de mosto.

El abuelo Manuel nunca se adaptó ni a las costumbres ni a los ritmos de vida de la ciudad. “Yo he entrado en Sevilla pero Sevilla no ha entrado en mí”, solía decir. Afirmaba que las mujeres sevillanas eran unas descocadas y unas desvergonzadas que continuamente les faltaban al respeto a sus maridos, y que los hombres tenían muy poca vergüenza y menos seriedad, pues con harta frecuencia faltaban a la palabra dada. Para reforzar sus afirmaciones contaba que los hombres de su pueblo eran los más formales y honrados del mundo y, tan era así, que durante muchísimos años en la ceca sevillana, conocida popularmente como la Casa de la Moneda, todos los sanluqueños encontraban trabajo en los talleres de troquelado de monedas de oro y plata, pues en tan alta estima y confianza se les tenía por su honradez y hombría de bien.

Como en su vida no había otra cosa más que trabajar en el campo y ya rondaba los sesenta años, en la ciudad nunca tuvo ocasión de realizar ningún trabajo. Para ganar algún dinero que cubriera sus gastos, se dedicaba a fabricar jabón casero, que vendía por las mañanas en la puerta del mercado de “La Encarnación” a las mujeres que allí iban a hacer sus compras, exponiendo su mercancía en una pequeña mesita plegable.

Tenía repartidas algunas pequeñas tinajas en la taberna de mi padre, en varios puestos de carnicería del mercado y en algunas otras tabernas del barrio, en las que le depositaban los desperdicios de grasas y aceites de desecho, que él recogía periódicamente y las transportaba a la cocina de nuestra casa donde un día de cada semana establecía su improvisada factoría. Ese día se producía una auténtica ocupación del espacio culinario, transformando la cocina durante unas horas en una auténtica fábrica saponificadora, donde la actividad se desarrollaba a puerta cerrada y donde nadie podía entrar bajo ningún concepto.

Desde el exterior se podía seguir el curso del proceso. Se oían ruidos de cacharros metálicos que entrechocaban, el aventado de los fogones con soplillos de palma y el borbotear de las tinas con su carga de grasas en descomposición, hasta que el olor acre y penetrante de la sosa cáustica nos obligaba a abrir puertas y ventanas para ventilar la casa y librarla de aquellos vapores asfixiantes. Nunca entendimos como el abuelo era capaz de resistir allá dentro tanto tiempo sin salir y a puerta cerrada. Hasta pasadas unas horas no llegaba el característico aroma dulzón del jabón cuando era vertido en moldes de madera. Después de aquello se hacía el silencio y cuando se habría la puerta de la cocina sorprendía que, tras aquella barahúnda de ruidos, no quedara más rastro de la actividad desarrollada en su interior que varios moldes rectangulares de madera llenos de jabón verde hasta el borde. Todos los cachivaches utilizados habían sido lavados y colocados ordenadamente en su lugar y las tinajas estaban limpias y preparadas para ser trasladadas de nuevo a sus puntos de destino. A la mañana siguiente, sin que nadie supiera cómo y cuando había ocurrido, los moldes habían desaparecido y en su lugar aparecían sobre la mesa de la cocina una multitud de tacos de jabón en perfecta ordenación, que a mí se me antojaba como un ejército en formación de soldaditos de plomo.

Su ayuda en la casa consistía en entretener a los niños para que no molestaran a las mujeres en sus labores domésticas. Nos sentaba a su alrededor y nos contaba toda clase de historias, casi siempre referidas a acontecimientos ocurridos en su pueblo.

El abuelo jamás nos contaba los cuentos populares que tradicionalmente se cuentan a los niños. Yo creo que ni siquiera los conocía. Su fértil imaginación improvisaba historias de hechos que nunca ocurrieron, donde casi siempre él era el protagonista. Posiblemente, aquellas reuniones familiares de cada noche, tras la cena, durante los años de su niñez a finales del siglo diecinueve, en las que cada uno contaba historias para entretener a los demás, le sirvieron para ejercitar su imaginación y su fantasía, al tiempo que con la práctica mejoraba su oratoria y sus relatos ganaban en brillantez.

En cierta ocasión el abuelo me llevó a la Feria y me hizo mirar por el ocular de un telescopio que habían instalado aquel año como una nueva atracción de feria y que apuntaba a la Luna. Yo me quedé estupefacto cuando aquella cara redonda de mujer, que siempre estaba acostumbrado a ver, se convirtió en un paisaje de montañas y cráteres. En el camino de regreso a casa lo sometí a una lluvia de preguntas sobre la Luna y sobre sus cráteres y sus montañas. Él se limitó a decirme que al día siguiente me contaría la historia que aclararía mis dudas y daría respuesta a todas mis preguntas.

Y efectivamente así fue, tal como me lo había prometido. A la noche siguiente me sentó a su lado y me contó la sorprendente y auténtica historia de los cráteres lunares que, según él y en contra de todas las opiniones científicas, no son el resultado de los miles de meteoritos que han impactado en su superficie.

Parece ser que, siendo mi abuelo Manuel muy joven, fue contratado durante una temporada como guarda jurado. Tenía asignada la vigilancia de una amplia zona rural en la que se habían producido últimamente algunos robos en cortijos y donde más de un parroquiano se había llevado un buen susto cuando, ya atardecido, al regresar de sus labores agrícolas, se habían dado de cara en un recodo del camino con un ser monstruoso, sin cuerpo ni patas, que tenía una enorme cabeza con una cara casi humana de color rojizo.

Para hacer su ronda le habían entregado una escopeta de dos cañones y le habían dado instrucciones muy tajantes de que si algún sospechoso, después de darle alto y disparar dos veces al aire, no se detenía, debía tirar a dar.

Ya había hecho el abuelo muchas noches de ronda, en la que los únicos sospechosos con los que se había encontrado eran algunos conejos que salían de sus madrigueras a la luz de la luna y a los que había abatido con su escopeta sin mediar el alto reglamentario, y que habían ido a parar a la raquítica olla familiar, cuando una noche negra como boca de lobo, llegó hasta una era que había en las afueras del pueblo. Con la tenue luminosidad que producían las luces de las casas más cercanas pudo ver que el empedrado del piso estaba tapizado de briznas de paja, pues por aquellos días se estaba en plena siega del trigo y diariamente se realizaban labores de trilla. Con la intención de descansar un rato y fumar un cigarro, eligió un lugar apartado que se encontraba limpio de paja y allí se sentó sobre una trilla y apoyó su arma sobre el tocón de un viejo castaño que había sido cortado aquel mismo año.

A tientas sacó su petaca, extrajo una hoja de papel de fumar de su librillo y lió el cigarrillo en la oscuridad con la pericia de sus muchos años de fumador. Cuando estaba a punto de encender su yesquero oyó, o sintió, no sabría precisarlo, una presencia a sus espaldas. Se volvió y no vio a nadie, pero al fondo de la era notó como un resplandor de ascuas encendidas que no había visto cuando llegó. Pensó que algunos zagales, ocultándose de los mayores, podían haber estado fumando en aquella parte donde la paja cubría el suelo y que alguna colilla mal apagada estaría provocando un pequeño incendio. De forma que se levantó, recogió su escopeta y se dirigió hacia aquel lugar para comprobar lo que estaba ocurriendo.

La era formaba un semicírculo de unos cincuenta metros de radio y los bordes terminaban en un terraplén de unos siete u ocho metros de profundidad. El resplandor venía del fondo del terraplén, lo que en cierto modo confirmaba sus sospechas, ya que los que hubieran estado allí quedaban ocultos y a cubierto de todas las miradas.

Echó a andar con decisión hacia aquel lugar y cuando estaba a unos diez metros del borde del terraplén vio algo que frenó sus pasos en seco y le puso los pelos de punta. Del fondo del terraplén había empezado a levantarse una masa luminosa rojiza. Primero apareció un borde superior que presentaba un contorno circular y siguió elevándose más y más hasta aparecer en toda su extensión una gran bola que iluminó toda la era y la tiñó de color carmesí.

Se quedó paralizado por el miedo y la superstición que acompaña a todo hombre de campo. Aquella esfera tenía una cara de aspecto humano y lo miraba con ojos malvados, irradiando una perversidad demoníaca que aterraba. De su interior salían unos sonidos confusos, como de muchas voces y lamentos angustiados de almas en pena que pugnaran por escapar.

La esfera detuvo su ascenso y se quedó mirando al abuelo durante un instante, con una mirada tan aterradora y perversa que el abuelo, en ese momento, estuvo seguro de que se echaría sobre él y le comería el alma.

La reacción fue instintiva. Superando su terror, el abuelo, al tiempo que quitaba el segura a su escopeta, se la echó a la cara y descargó los dos cartuchos sobre aquella cabeza monstruosa.

Aquellas dos perdigonadas no podían matar a un ser tan grande y poderoso pero, ante la sorpresa de la inesperada reacción del abuelo, fue tal la impresión y la multitud de heridas recibidas por aquel monstruo, que, al tiempo que aumentaba su velocidad de ascenso en un intento de huída, su aterrorizada faz se contrajo formando múltiples pliegues y se puso lívida cambiando su color del rojizo al blanco pálido.

Los dos disparos de escopeta, hechos a las puertas del pueblo, habían alertado a los vecinos, que ya se asomaban a las puertas y ventanas de las casas, y que pudieron ver como aquel ser monstruoso, con un grito desgarrador, se elevaba más y más, dejando detrás de sí una estela plateada, hasta ocupar en lo más alto del cielo el lugar que le corresponde y que ya no ha abandonado desde entonces.

A través del telescopio puede verse como las heridas han cicatrizado en aquella cara dejando las huellas de la miríada de impactos recibidos, pero el susto fue de tal magnitud que aquellas arrugas y pliegues todavía permanecen y aún no le ha vuelto el color.

Según mi abuelo, esta es la verdadera historia de la procedencia de los cráteres lunares y para comprobarlo solo hace falta darse una vuelta por Sanlúcar la Mayor y preguntar a cualquiera que tenga más de ciento veinte años.

Si tuviéramos que definir el carácter de “El Peluso” con una sola palabra, esta sería la de socarrón. El abuelo era un gran socarrón. Cuando quería ridiculizar a alguien, la elocuencia de sus irónicas miradas y de sus sonrisas burlonas hacían innecesarias las palabras. Tenía, además, una gran astucia; se las valía de mañas y disimulos para conseguir siempre lo que quería, como ocupar la silla más cómoda, la mejor tajada del guiso o acomodarse en el lugar más fresco de la casa en verano.

Solía dormir la siesta sentado en una silla que él situaba junto a la puerta del comedor, porque allí se establecía una corriente de aire fresco procedente de una entreabierta ventana que asomaba a la umbría calleja que limitaba la parte posterior de la casa. La silla no era muy cómoda, pero él se sentaba al mismo borde del asiento, estiraba las piernas, se echaba la gorrilla ante los ojos y cruzando los brazos sobre el pecho, en cuestión de segundos, sonaban los primeros ronquidos. Dado que el comedor era lugar de paso para el resto de la casa, las piernas del abuelo, atravesadas en la mismísima puerta, constituían una auténtica barrera que tenía que salvar todo aquel que precisara pasar por allí. Los ruidos propios de la casa y los tropezones que dábamos en sus piernas, por más atención que pusiéramos al pasar, no eran suficientes para despertarlo y solo conseguían que emitiera un gruñido o, a lo más, levantara una ceja en un intento imposible de abrir los ojos.  Aquel era su lugar preferido, el más fresco, y nunca fue posible convencerlo de los inconvenientes y molestias que causaban su predilección por aquel emplazamiento.

Otra de las grandes facetas del abuelo era su hipocondría. En realidad nunca lo vi realmente enfermo y nunca precisó de la visita del médico, pero cuando él creía estarlo exigía la atención de todos los habitantes de la casa. Para ello recurría a todas las argucias que podían ocurrírsele. Adoptaba un aire de moribundo, se quejaba continuamente con ayes de dolor que exageraba hasta la desesperación y se despedía de todos porque, según él, no pasaría de aquella noche. Durante los diecinueve años que conviví con él estuve oyéndole decir que no llegaría a ver el siguiente año.

Cuando no tenía nada mejor que hacer, aparecía su vena hipocondríaca y se dedicaba a la observación exhaustiva de su cuerpo. Se asomaba al espejo y comprobaba el color rosado interno de las bolsas de sus ojos tirando de ellas hacia abajo, sacaba la lengua cuanto podía para ver el aspecto que presentaba y examinaba atentamente cada una de las manchas de su cara, frotándolas con las yemas de los dedos. El resto del cuerpo era sometido a la misma minuciosa inspección. Repasaba cada centímetro de su piel buscando algún síntoma de afección, y aquellas zonas que él no podía alcanzar a ver hacía que la abuela Ana las mirara argumentando excusas tales como le picaba mucho la espalda o que le dolían las vértebras cervicales. Se le veía frecuentemente mirándose absorto las manos y los brazos, mientras los iba flexionando rítmicamente al tiempo que abría y cerraba los dedos, midiendo y tanteando con la otra mano el grosor de sus venas o masajeando sus articulaciones.

Su hipocondría le llevaba a utilizar toda clase de remedios caseros preventivos de las enfermedades más comunes. Todas las mañanas, después de lavarse cara y cuello con agua fría y jabón verde de su propia producción y de afeitarse minuciosamente con la única navaja barbera que le conocí durante toda la vida y que mantenía tan nueva como el primer día que la compró, y tras efectuarse su cotidiano chequeo externo, se dirigía al mueble aparador del comedor y abría uno de los compartimentos inferiores donde guardaba bajo llave sus potingues.

Aquello era lo más parecido a un anaquel del laboratorio de prácticas de una bruja. En una gran sopera había un hongo flotando en una infusión de té. El hongo, hinchado y empapado de té, ocupaba toda la superficie de la sopera y su aspecto era irreconocible, presentando un color marrón oscuro y una textura gelatinosa. También había una gran botella de cuello ancho en cuyo interior se veía un pequeño lagarto sumergido en aguardiente de orujo, recordando a los tarros de vidrio con fetos malformados que se conservan en alcohol en las facultades de medicina. Otro botellón contenía un pepino y algunas ramitas de hierbas no identificables sumergidos en aguardiente de cazalla. Y un sin fin de recipientes más llenaban aquel reducido espacio.

El abuelo realizaba cada mañana una especie de ceremonia ritual frente al espejo del aparador. En unos pequeños vasitos, de esos que se usan para el licor, iba tomando un poco de cada uno de aquellos brebajes. Unos los bebía de un solo trago, como si tuviera un sabor repugnante, otros lentamente o haciendo pequeñas buchadas que iba tragando, con otros hacía gárgaras, y así hasta agotar el repertorio diario. Cuando terminaba, limpiaba cuidadosamente los vasitos, rellenaba el recipiente que lo requería y cerraba la puerta con dos vueltas de llave que guardaba en el bolsillo de su chaleco. Después de aquello salía de casa con aire triunfal y como revestido de una coraza que le protegería de todo mal.

Gustaba de contarnos a mí y a mis hermanos historias galantes, en las que casi siempre él era el protagonista, y nos cantaba coplillas y tanguillos de Cádiz bastante picantes, disfrutando de su intento de escandalizarnos y riendo a carcajadas cuando comprobaba que habíamos entendido el contenido satírico de la letra de la canción.

En cierta ocasión, creo que fue en mi decimoséptimo o decimoctavo cumpleaños, le pedí consejo acerca de qué debía hacer con cierta jovencita que me tenía sorbido el seso y estaba tan enamorado de ella que, incapaz de dormir, me pasaba las noches en vela. Su respuesta, transcrita en la forma de expresión decimonónica en la que acostumbraba a hablar cuando quería decir algo importante, fue aproximadamente esta: “Nieto, cuando te guste una moza requiérela de amores. De cada diez intentos nueve serán fallidos, pero habrá una doncella que caerá en tus brazos. Y no se te olvide, querido mío, que un negocio que da el diez por ciento de beneficio es un buen negocio”. Siempre me quedó la duda de si esta forma de pensar se debía al pragmatismo propio de sus muchos años de vida o si era debida a su naturaleza fría y egoísta que le había incapacitado para tener cualquier sentimiento de ternura amorosa.

El abuelo no sabía de etiquetas sociales. Hombre de campo, acostumbrado al contacto con la naturaleza, denotaba en sus actos la naturalidad de un animal doméstico, combinando su primitivismo animal con los principios de cortesía y respeto de una sociedad rural. Después de tantos años en la ciudad, se sentaba a la mesa y comía prescindiendo de casi todos los utensilios y cubiertos. Llevaba siempre una navaja con una hoja muy afilada de unos diez centímetros de longitud que usaba para todo. Con ella cortaba, pinchaba y se llevaba la comida a la boca, sacaba punta a nuestros lápices, se cortaba las uñas de manos y pies, afilaba una estaca y otras mil insospechadas cosas más. En algunas ocasiones, el extremo de un bollo de pan, desprovisto de la miga y dejado solo en la corteza, le servía de cuchara, y en otras, una gran rebanada de pan le servía de plato improvisado donde colocaba unos trozos de tocino, chorizo y morcilla y, mientras lo sostenía con una mano, con la otra empuñaba su navaja cortando, triturando, mezclando y comiendo, haciendo gala de un auténtico arte de prestidigitación.

Él no reprimía los ruidos corporales. El bostezo, el eructo y el pedo salían de él en forma natural y espontánea sin importarle el lugar o la situación.

Recuerdo cierto día que, teniendo yo seis o siete años, íbamos dando uno de aquellos largos paseos por las calles de Sevilla cogidos de la mano y, al llegar al extremo de una acera, tuvimos que pasar entre varios niños que estaban sentados en el bordillo. Pues bien, en el momento justo de pasar junto a aquellos chiquillos el abuelo se tiró un pedo. Aquel pedo fue tremendo, atronador, con un sonido fuerte, largo y desgarrado. A mí me dio la impresión de que aquel pedo había rasgado su ropa interior y sus pantalones. Yo me quedé paralizado por el estupor, y los niños que allí estaban se quedaron boquiabiertos, mirándose unos a otros con los ojos desencajados y las cejas levantadas en un gesto de sorpresa e incredulidad, hasta que uno de ellos exclamó: ¡Toma ya!, ¡Vaya castaña! ¡Eso sí que es un pedo! Al oír aquello mi abuelo se volvió, se quedó mirándolos un instante, con aquella mirada perversa que adoptaba cuando hacía alguna travesura, y rompió a reír a carcajadas limpias. Dos segundos más tarde todos estábamos riéndonos hasta que nos saltaron las lágrimas.

El abuelo Manuel murió a la edad de setenta y siete años de un cáncer de próstata. Murió en nuestra casa, en su cama, rodeado de su mujer, sus hijos y sus nietos. Murió con la dignidad con que debe morir una persona, llevándose en su retina y en su corazón la imagen de sus seres más queridos.

No me impresionó tanto su muerte, que ya la esperábamos desde hacía algún tiempo, como un hecho que ocurrió dos días antes de su defunción.

Llevaba ya varios días en la cama por el agravamiento de su enfermedad y durante todos estos días no había dejado de emitir ayes, quejidos y suspiros, como él acostumbraba hacer aunque tuviera un simple resfriado. Aquella noche sus quejas se habían convertido en un ¡Ay! continuo, rítmico y machacón que, al cabo de varias horas nos había roto los nervios a toda la familia. Era tal la letanía de sus quejidos, sin pausa, con un lamento a cada espiración, que incluso llegamos a reñirle por ser tan quejumbroso y porque no dejaba dormir a nadie y asustaba a mis hermanos más pequeños. El abuelo, obediente, se calló durante el resto de la noche.

A la mañana siguiente, cuando nos levantamos y fuimos a verle no dábamos crédito a lo que veíamos. Desde el hombro hasta el extremo de los dedos, su brazo derecho aparecía renegrido, como carbonizado, con los dedos abiertos en forma de garra, recordando al de una momia egipcia. Daba la impresión de que, si se le tocaba, caería al suelo pulverizado.

Aquel acontecimiento me produjo un sentimiento de culpabilidad por no haber creído que en esta ocasión sus quejidos eran auténticos. Aunque el médico dijo que aquello lo había producido una trombosis en la vena subclavia y que no tenía relación con su muerte, que se produjo dos días más tarde, yo no pude evitar durante mucho tiempo tener la impresión de que este accidente pudo haber acelerado su muerte y, sobre todo, de que pudimos haberle aliviado los tormentos de aquella terrible noche y no lo hicimos.

Manuel Paleteiro Ortiz.

Sevilla, Septiembre de 1996

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