Cristalino de Mirón, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Cristalino de Mirón

— ¡Las doce y cuarto de la noche!, Ya va siendo hora de poder acostarme—dijo Sabas— visiblemente cansado. El día había resultado pesado como hacía tiempo no recordaba otro igual. Apagó el ordenador y puso un poco de orden en el desbarajuste de mesa. Se sentó encima de la cama, mientras se desvestía con celeridad. Se puso el pijama y se dirigió al cuarto de baño. Cogió el cepillo de dientes y le cargó una buena dosis de pasta. Al frotarse los dientes se le cayó la mitad al lavabo y soltó un ¡joder!, seco que implicaba un calificativo de torpeza para sí mismo...
Dejó, como todas las noches, el vaso de agua encima de la mesilla y después, con sumo cuidado, se presionó sobre el párpado superior derecho, después el inferior hasta que consiguió quitarse la prótesis ocular. La depositó sobre la mesilla y, con sumo cuidado, casi con mimo, la introdujo en su estuche, como si de un ser vivo muy delicado se tratara; diciendo en voz alta con guasa: —ya... ya sé que debo
tratarte con delicadeza—. Si lo sabré yo, que he de tratarte como a la niña de mis ojos, «descansa ojete y mañana veremos» Acomodó la almohada a su gusto dándole unos empellones, para ablandarla y dejarla a la altura deseada.

Habrían pasado quince o veinte minutos, más o menos, cuando los ronquidos empezaron a hacerse audibles por toda la casa. Una de las ventajas de ser soltero, es que nadie interrumpe tu sueño dándote codazos en la espalda ni chasqueando la lengua para que dejes de hacerlo. Mientras Sabas se adentraba en la profunda gruta de las fantasías, encima de la mesilla, empezaba a cobrar vida el ojo simulado. Con la premura de acostarse, Sabas había olvidado cerrar la tapa del estuche, y el ojo comenzó a hacer intentos por salir de la mencionada cajita. ¡Asombroso, el ojo, sorprendentemente, podía moverse por voluntad propia! A duras penas consiguió salir del estuche. Después de unas cuantas rotaciones sobre su eje, en ambos sentidos, pareció como si ya estuviera en condiciones de campar por la casa a sus anchas. De tres saltos y, apoyándose en la cama y en una silla, consiguió encaramarse en la ventana del dormitorio. Una vez se colocó en donde le pareció oportuno, fijó su atención en el movimiento que se producía en la ventana del tercer piso del edificio de enfrente. Una mujer de unos treinta y tantos años, se desnudaba frente al espejo, visiblemente complacida con su espléndida figura, pues no paraba de posar de frente, de espaldas, de perfil... al tiempo que movía su cuerpo acompasadamente. Supuso, porque no distinguió ningún aparato, que alguna música imponía su ritmo. Ajustó el alcance para verla con más detalle y se deleitó profusamente contemplando el cuadro que la complicidad de la noche dispensaba a su expectación. Permaneció inmóvil hasta que la incauta Venus exhibicionista apagó la luz; privándole así, del salaz espectáculo robado a la intimidad de la anónima bayadera.

Contrariado por el efímero juego, hizo un recorrido por el resto del edificio para ver si conseguía sorprender otra ventana indiscreta que le proporcionara recreación a su insistente prospección. ¡En efecto!, otra ventana del mismo piso delataba actividad. Una cálida luz anaranjada prometía que en el interior se desarrollaban estimulantes quehaceres propios del íntimo desenfreno. La noche empezaba con buenas perspectivas para satisfacer la insaciable contemplación. De un rápido vistazo pudo localizar muchas ventanas que emitían la luz de reclamo para la curiosidad insana de los vigilantes escrutadores de la íntima vida.

Realizó varios intentos, todos infructuosos, por contemplar cuanto sucedía en la habitación. Con rapidez bajó de la ventana y se dirigió a la ventana del salón. Desde este nuevo observatorio la visión era perfecta. Una pareja yacía en la cama con una luz tenue, pero suficiente para distinguir a ambos tapados hasta la cintura y recostados contra el cabecero. El hombre con los brazos en alto y la cabeza apoyada entre las manos. La mujer fumaba y de cuando en cuando, cogía un cenicero de la mesilla para tirar la ceniza. Cristalino no podía oír, evidentemente pero, en cambio, sí que podía leer los labios con la mayor claridad. Fijó su objetivo en la boca de él y supo entonces que el hombre recriminaba a la mujer por fumar en la cama y, la instó a que acabara cuanto antes, porque estaba esperando. Ella le miró con un cierto desdén pero, accedió a su súplica. Apagó el cigarrillo y con agilidad felina se introdujo bajo las sábanas. Cristalino de haber tenido manos se las habría frotado pues el asunto estaba tomando el aspecto que tanto deseaba. Pudo apreciar con nitidez, tras ajustar el enfoque, cómo un bulto bajo las sábanas se deslizaba hacia la parte inferior del tronco del hombre que, al finalizar el viaje, hizo que éste se sobresaltase con un gesto placentero. Con los ojos cerrados dejaba que los movimientos acompasados del bulto sumergido consiguieran el efecto que el hombre deseaba con ansiedad...

Para algunos ojos, solo unos pocos, la clandestina indecencia de asaltar la intimidad ajena puede tener un cierto embrujo lúbrico. La hipocresía de los otros, aunque tengan los mismos deseos, los reprimen con pudorosa falsedad. Contemplar los momentos en que lo físico se enciende con los deslices de lo moral; esos momentos en los que se cede a los caprichos de la voluptuosidad para gozar la usurpada miel, a sabiendas de que nada se opone al ímpetu de los deseos, es el salvoconducto para el éxtasis. Eso sí, teniendo sumo cuidado de que tu conducta no sea notoriamente indecente. Para la mayoría, en cambio, la simple idea de cometer este acto nefando, supone la condena más absoluta por contravenir uno de los mandamientos.

El caso es que Sabas se despertó y se sorprendió mucho al no ver su ojo de cristal en su cajita. De la sorpresa pasó a la zozobra, más por la cuestión estética que la crematística, que tampoco era de despreciar pues el coste de la frágil prótesis le había costado un ojo de la cara. Se dirigió al salón tratando de reproducir sus últimos movimientos antes de retirarse a la cama para tratar de recordar dónde la podía haber puesto y, de pronto, sorprendió a la fisgona prótesis encaramada en la ventana absorta en no sé qué. No alcanzaba a comprender cómo podría estar en semejante lugar si él estaba completamente seguro de haberla metido en su cajita. Pero la sorpresa pasó a susto cuando al
intentar cogerla ésta, de un pequeño salto lo evitó, al tiempo que le espetaba, —¡no molestes joder! Sabas no podía dar crédito a cuanto estaba sucediendo y lo achacó a un mal sueño. Se frotó el ojo bueno tratando de borrar la imagen e intentó cogerlo nuevamente y, la respuesta no se hizo esperar...

— ¿Es que no puedo disfrutar yo mientras tu duermes?—dijo Cristalino enérgicamente. Mientras tú descansas no me necesitas para nada y yo puedo solazarme con mis pequeños vicios. No creo que necesites tenerme preso en la cajita dichosa; que más parece un ataúd de lujo que depósito de ojo fingido. Además, te ruego que dejes de mirarme con mi hermanastro como si yo fuera un monstruo depravado. Te diré mi beatífico dueño y señor, que mi placentera perversión estriba en la mera contemplación de las intimidades de quienes no tienen pudor en mostrar sus inmundicias. Lo que para unos puede ser una exquisitez, para otros puede ser un plato repulsivo y por el contrario, lo que a la mayoría parece excrementicio, otros lo encontramos un bocadito delicado y suculento. La hipocresía es la regla que marca vuestra conducta humana. Mucho amor a Dios, mucha fe y otras zarandajas y tras la cortina, vicio, egoísmo, corrupción y, muchas más indecentes perversidades. Sabas estaba convencido de que estaba siendo víctima de una espantosa alucinación y creyó ver en la prótesis una expresión impenetrable, irónica, humorística.

¿Qué execrable arrogancia te impulsa a creer que tienes derecho a dictar si debo o no tener mi  propio criterio sobre fe o religión? —Lo que tú haces es un acto que atenta contra la Ley de Dios— dijo Sabas visiblemente irritado por la impertinencia del impertinente cristalino.

— ¿El Dios de quién? —repitió Cristalino. ¿El tuyo? ¿El mío? ¿El del vecino? ¿El de quién?

Sabas tomó aliento para contestar, convencido de que sabía con certeza lo que iba a decir, pero de
repente se dio cuenta de que no era así. Debía haber tantas ideas sobre Dios como personas fueran
consultadas. Nunca se lo había planteado.

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