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Silencio

No me costó mucho tiempo soportar el sonido del silencio. Al principio fue imperceptible, hasta que poco a poco, se hizo audible. Por más que me empeñaba en interpretarlo, más rápido me envolvía. Sin tiempo a razonar no lograba determinar si provenía del interior de la casa o de la profundidad del viejo aljibe.

Me senté en el zaguán, al frescor de la sombra y continúe ensimismado en mis pensamientos. De repente, en la lejanía, como un murmullo,escuché a niños riendo. Se fueron acercando hasta que logré verlos. Detrás venía un matrimonio,supuse que serían los padres.

Los chiquillos eran dos mozalbetes desgarbados de unos 10 o 12 años. Vestían unos pantalones cortos, sin camisas y sin zapatos. Daban vueltas alrededor del padre y de la madre; gritaban, reían y saltaban. El padre, ataviado con una chaqueta de lana, un viejo sombrero y unas sandalias de cuero de cabra, venía con algo en la mano derecha que, al parecer, era la fuente de alegría de los chiquillos. La madre, con porte sereno y un traje sencillo,también irradiaba felicidad.

Llegaron al pie de la entrada al zaguán y, entonces, pude ver la causa de tanto alboroto. Escuché a la madre decir:

- Quiero que la plantes aquí, en este lado de la entrada. El padre asintió y abrió un hueco acorde al tamaño del plantón de Buganvilla que sujetaba el niño más pequeño en su mano.

Todo sucedió en poco tiempo. Vi como las raíces del plantón caminaban por el interior del volcán hasta alcanzar la ansiada humedad del aljibe. Pasaron delante de mis ojos, como en una película, el crujir de los huesos de los niños al crecer, la enfermedad del padre y los sollozos de la madre. Por último vi llegar por el pedregoso camino al niño más pequeño, convertido ahora, en un aturdido anciano. Vestía como su padre, era más alto que una palmera. Fue directo al aljibe, sacó un balde de agua y se la echó a la Buganvilla. Se sentó a su pie, en la entrada del zaguán.

Enseguida supe que el silencio venía de allí.

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